Brújula: mi cuerpo. Por Laura Inter

Brújula: mi cuerpo

Por Laura Inter

Agradecimiento especial a mi querida amiga Eva Alcántara Zavala por su apoyo editando este testimonio, y a Rodrigo Parrini que apoyó revisándolo.

Laura Inter
Imagen: Laura Inter. Agosto 2020

Pienso que desde pequeña los reiterados comentarios negativos con que los médicos se referían a mi cuerpo, aunados a la falta de información que recibí, me hicieron creer que mi cuerpo era “raro” y que nunca conocería a otras personas como yo. La sociedad considera solo dos cuerpos posibles: uno femenino y otro masculino. Al mirar mi cuerpo yo pensaba que era un tipo de “accidente de la naturaleza”, alguien que se suponía no debería existir, como si me hubieran puesto en medio de un mundo que no estaba construido para personas como yo.

Lo primero que me ayudó a cambiar ese punto de vista fue encontrar información no patologizante sobre cuerpos como el mío y, también, encontrar o escuchar historias de otras personas que nacieron con un cuerpo similar, que habían logrado hacer frente a las adversidades de la vida con una gran fortaleza y dignidad. Muchas personas maravillosas me guiaron en este camino, no todo lo logré sola, lo que logramos siempre está conectado con otras personas que nos sostienen e impulsan a seguir adelante. Darme cuenta, al estudiar budismo, que nada tiene identidad intrínseca, que mi cuerpo no es intrínsecamente “malo” ni intrínsecamente “bueno”, que simplemente es un cuerpo, y que el significarlo como “bueno” o “malo” dependía de la perspectiva de cada individuo o sociedad, me permitió entender que yo podía elegir cómo vivir mi vida y cómo ver mi cuerpo: ¿sería yo una víctima de las circunstancias y viviría una vida de tristeza, depresión y angustia constantemente recurriendo al pasado para sufrir? Aun cuando muchas veces he tenido periodos de oscuridad y agobio, esta es la historia de cómo decidí tomar responsabilidad de mi vida para vivirla con alegría y dignidad.

Nací a principios de la década de 1980 en un hospital privado en la Ciudad de México. Al nacer el médico anunció que era una niña sana, pero unos instantes después, para sorpresa de mis padres, informaron que en realidad no estaban seguros si yo era un niño o una niña, presentaba diferencias genitales o “genitales ambiguos”. Mis padres estaban consternados, nunca habían escuchado de esto: ¿cómo era posible?, ¿cómo es que los médicos no podían determinar el sexo de su bebé?, ¿qué estaba sucediendo?, ¿qué le iban a decir a sus familiares y amigos?

Los médicos dijeron a mis padres que me tendrían que realizar un estudio de sangre —cariotipo— para determinar mis cromosomas y así poder asignarme un sexo. Cuando llegó el resultado informaron que mis cromosomas eran XX y, por lo tanto, se me asignó el sexo de niña y sin más explicaciones nos enviaron a casa. Una vez en casa mi padre simplemente se olvidó de todo eso y se avocó a su trabajo. Me imagino que pensaba que, a fin de cuentas, era una bebé sana, sin aparentes problemas de salud: ¿para qué preocuparse por situaciones que no entendía? Mi mamá no estaba conforme con la apariencia de mis genitales, le parecían extraños, diferentes a los de otros bebés. En una visita con el pediatra, ella compartió sus inquietudes y finalmente me canalizaron con un endocrinólogo de una clínica privada, quien después de realizarme varias pruebas me diagnosticó con Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC) no perdedora de sal. El endocrinólogo comenzó a tratar la HSC con un medicamento llamado meticorten/prednisona, unas pastillas de sabor amargo que tenía que tomar diariamente.

En mi caso nací con un clítoris más grande de lo considerado “normal” para una mujer y con un conducto urogenital, es decir, mi uretra y vagina desembocan en un mismo sitio.

Hasta el día de hoy me siento agradecida de que los médicos, en ese entonces, no ofrecieran a mis padres la opción de la cirugía genital “feminizante”. Ese es un procedimiento médicamente innecesario que comúnmente se practica a bebés y niñas pequeñas que —como yo— nacen con diferencias genitales o genitales “ambiguos”. Durante la cirugía se recorta el clítoris para reducir su tamaño y se crea un conducto vaginal que pueda permitir la penetración. Las personas que fueron sometidas a ellos los han denunciado como violaciones a la integridad corporal y a la libre autodeterminación en organismos de derechos humanos de diferentes partes del mundo.

En mi caso, desconozco la causa por la cual los médicos no propusieron a mi madre que me realizaran estas cirugías, lo cual es parte del protocolo de atención usual en casos como el mío. Es algo que nunca sabré ya que otra cosa común que vivimos personas como yo es la pérdida del expediente médico, el cual a pesar de ser abundante no nos es entregado, y cuando lo buscamos se nos dice que ya ha sido destruido.

A partir del diagnóstico tuve que atravesar exámenes de sangre dos veces al año, también realizaban una radiografía de mi mano —para ver si estaba creciendo como debía— y me llevaban con el endocrinólogo, quien realizaba un examen físico en el que tocaba mis genitales y revisaba como me iba desarrollando, y dependiendo del tamaño de mi clítoris disminuía o aumentaba la dosis de cortisol.

Esas revisiones genitales son realizadas a todas las personas con cuerpos similares al mío, y en todo el mundo se ha denunciado su frecuencia es innecesaria, en mi caso  tuve que atravesar por ellas desde que era una bebé hasta aproximadamente los 12 años, dos veces por año. Ese tipo de experiencia es muy complicada, para mí era muy difícil estar ahí, desnudarme frente al médico y que este me tocara el cuerpo y los genitales, mientras debía responder extrañas preguntas que me hacía: “¿sientes algo?” o “¿te duele si hago esto?” ¿Qué se supone que debe contestar una niña de 5 o 6 años a esas preguntas?

Durante esas revisiones mi madre solía estar presente, eso me daba seguridad pero también me causaba un gran conflicto puesto que con su presencia avalaba esas revisiones que tanto me incomodaban, siempre sentí que algo no estaba bien, me daban miedo y me hacían sentir indefensa y vulnerable. El médico hablaba de mi cuerpo utilizando palabras como: enfermedad, hipertrofia, extraño, inusual, corrección, anormalidad, virilización, todo ello mientras me tocaba. En ese entonces yo era muy pequeña para entenderlo todo, pero con el tiempo la frecuencia de las revisiones y las palabras utilizadas me fueron lastimando, me hice cada vez más reservada y se instaló en mí una sensación de tristeza asociada a esas experiencias. Durante las revisiones aprendí a disociarme de mi cuerpo, años después esos recuerdos me ayudaron a entender eventos similares que las personas con quienes hablaba describían en términos de violaciones. Esto es comprensible pues en algunos casos la creación de una “vagina” artificial incluye la realización de dilataciones vaginales repetidas. Esos eventos suelen vivirse como una experiencia de intrusión y teniendo tan pocos años la disociación —separarnos de nuestro cuerpo, no sentir, bloquear momentos como ese— nos ayuda a atravesar dichos procedimientos sin quebrantarnos. Experiencias como esas me dejaron la sensación de que algo estaba “mal” conmigo, solo que no estaba segura de qué era exactamente.

Cuando tenía 8 años, me llevaron con otro médico en un hospital público de especialidades o de tercer nivel en la Ciudad de México, ahora sé que esa visita se debió a que un amigo de mis padres era médico y les dijo que era posible que me tuvieran que someter a una cirugía genital “normalizadora”. La visita fue para valorar esa posibilidad. Fuimos a ese hospital, y lo único que me dijo mi mamá es que me revisarían “como lo hacía el otro doctor” —es decir, una revisión genital—, yo me enojé mucho, no quería que nadie más me viera, le dije que no quería ir, pero me forzaron a ir y me forzaron a que me revisaran y tocaran mis genitales, ahora tres médicos al mismo tiempo, fue una experiencia bastante traumática y frustrante. Finalmente, los médicos dijeron a mi mamá que sí necesitaría una cirugía genital para que “pudiera tener relaciones sexuales”, pero que lo mejor era realizarla cuando fuera mayor, y debía llevarse a cabo “tres meses antes de que me casara con mi esposo”, ¡tenía 8 años! ¡¿de qué esposo hablaban?!, ¿por qué era que pensaban que las relaciones sexuales solo se dan dentro del matrimonio?, nunca he compartido la idea de que el único camino para disfrutar de un cuerpo como el mío es entrar en el molde heterosexual del matrimonio y la penetración vaginal.

Además de los problemas de salud y las experiencias con los doctores, crecí viendo a mis padres pelear y gritarse. Al igual que otras personas, yo crecí en una familia en donde mi padre golpeaba a mi mamá, eran experiencias terribles que hacían que constantemente pensara que mi mamá estaba en peligro de muerte, me causaban un gran estrés emocional, sentía constantemente el impulso de defender a mi mamá, pero cuando era pequeña simplemente me quedaba paralizada ante la violencia y a veces corría a mi cuarto a esconderme bajo las sábanas, sintiendo en parte culpa por no haber podido intervenir o hacer algo por ella. Con los años la violencia fue escalando cada vez más y más, hasta que me golpeó con fuerza en la cara, ya no era solo una espectadora de las agresiones y pleitos de mis padres, ahora era una adolescente que intentaba defender a mi mamá, pero entonces la violencia de mi padre se dirigió también hacia mí. Recibí golpes, humillaciones, y palabras denigrantes de quien alguna vez vi como protector: mi padre, a quien yo quería pese a todo. Fue muy duro.

Otra situación que me hacía sentir que yo era diferente de otras niñas y sospechar que algo estaba “mal” conmigo, fue mi relación con los roles de género y el hecho de que mi preferencia sexual también podía ser hacia otras mujeres. Recuerdo que me gustaba disfrazarme de personajes “masculinos”: vaqueros, luchadores, superhéroes, y ocasionalmente también de personajes “femeninos”: mariposas o hadas. Me gustaba jugar con juguetes considerados de “niña” y de “niño”, para mí solo eran juguetes y no había ninguna diferencia. En la escuela siempre tenía muchos amigos y generalmente era la niña más fuerte del salón de clases. Mis padres nunca me limitaron en ese sentido, me dejaban vestirme y jugar como quisiera, incluso jugaba a las muñecas con mi mamá y a los carritos con mi papá, y es extraño, porque, aunque ambos eran personas conservadoras y, en cierto sentido homofóbicas, me dejaron ser como quisiera, al menos cuando era pequeña. Mis gustos por los juguetes o disfraces de “niño”, no pasaban desapercibidos para mis compañeros de escuela o mis amigos, y algunas veces, llegaron a cuestionarme diciendo que no debería disfrazarme de “El Santo” sino de la “Mujer Maravilla”.

A los 7 años fue mi primer beso, en la escuela tenía una amiga que era como yo, jugaba con juguetes de “niño” y de “niña”, y tenía gran fuerza física al igual que yo. Su apariencia era lo que algunas personas consideran masculina, para mí solo era muy linda, me gustaba y no le veía nada mal que siendo niña me gustara otra niña, ¿por qué habría de tener algo de malo? Así que un día ella con su suéter cubrió nuestras cabezas y me dio un beso en la boca, sentí tanta ternura y cariño, me sentí tan feliz, que llegando a mi casa fui muy contenta a decirle a mi mamá lo que había sucedido, pero cuando vi su cara de sorpresa, consternación y desilusión, me preocupé: ¿había hecho algo malo? ¿qué era? Pronto me di cuenta de que no era “bien” visto que las niñas se besaran con otras niñas, y esa situación que me había hecho tan feliz, me hizo sentir avergonzada.

Las experiencias de vergüenza, de inadecuación y de soledad, son algo muy frecuente en personas con variaciones en las características sexuales. Recuerdo un momento en particular en el cual las sospechas que había tenido de ser diferente a las demás chicas se hicieron realidad. Descubrí qué era exactamente lo que estaba “mal” conmigo. En la escuela secundaria pusieron dos ilustraciones, una era de los genitales masculinos y otra de los femeninos, al verlas inmediatamente noté que mis genitales no se parecían a ninguna de las ilustraciones: “¡estoy deforme! —pensé con angustia— me quedé en estado de shock, mis manos se pusieron frías y comencé a sudar, sentía mareo y nauseas: ¿cómo era posible que esto me sucediera a mí?, ¿por qué yo?, ¿por qué nadie me había hablado de esto? Mi mamá ya había hablado conmigo acerca de cómo funcionaba la sexualidad —heterosexual, por supuesto— pero hasta ese entonces yo nunca había explorado con detenimiento mis genitales, no había querido ver exactamente como eran, no sé si por desinterés o debido a la disociación con mi cuerpo que había practicado por tantos años para poder sobrellevar las experiencias que viví con el médico que me trataba. Ese día, llegando a mi casa tomé un espejo, fui al baño y comencé a examinar con detalle mis genitales: ¡era tan diferente! Me sentí angustiada, no podía “funcionar” ni como hombre ni como mujer en la sexualidad, es decir, mi clítoris era demasiado pequeño para ser considerado un pene y demasiado grande para el tamaño “máximo” que decían que “debía” tener un clítoris, además el orificio que tenía entre las piernas —ese que más tarde aprendería que se llamaba abertura urogenital— era demasiado pequeño como para que pudiera ser penetrado por un pene. Me deprimí enormemente, nadie me había hablado de eso y ¿cómo podría llevar una vida “normal”?, una que cubriera las expectativas que todos habían puesto sobre mí: casarme, tener hijos. Ahora todo tenía sentido, las revisiones, las palabras del endocrinólogo, ¿quién iba a querer un cuerpo como el mío?, sentía que mi cuerpo era algo repulsivo, incluso pensaba que sería imposible para mi tener relaciones sexuales, todo porque me habían enseñado que la sexualidad era igual a la penetración vaginal. Me puse a llorar como nunca, lloré y lloré, por varios días era lo primero que hacía al llegar a casa, hasta que sentí que no podía llorar más, estaba seca, sentía una profunda tristeza y soledad, ya no podía llorar porque mis lágrimas se acabaron. Siempre fui alguien que ocultaba sus emociones de los demás, así que simplemente no hablé de esto con nadie y viví todo eso sola. Pensaba constantemente en el suicidio y varias formas de poder llevarlo a cabo, simplemente no le veía sentido a mi vida, y la situación de violencia en mi casa solo hacía que este sentimiento creciera, sentía que no valía nada y simplemente me quería morir.

Paradójicamente pienso que la situación en mi casa consumía toda mi atención y energía, y no tuve mucho tiempo para seguir sintiendo lástima por mí misma, la violencia seguía escalando, tenía que sobrevivir y ayudar a mi familia, veía el sufrimiento de mi madre, veía lo desesperada que estaba por encontrar una salida a lo que vivíamos, y también veía su desesperación y confusión al no saber exactamente cómo salir de ese ciclo de amenazas y violencia. Mi suicidio solo le traería más sufrimiento a mi madre, así que aparté ese deseo y me concentré en unir fuerzas con ella para buscar una salida. Finalmente, antes de que cumpliera 16 años, y después de un complicado, desgastante y hasta violento proceso de juicio de divorcio, mi padre se fue de la casa, un gran peso se quitó de nuestros hombros, por fin podía volver a poner en orden mis ideas y tener algo de tranquilidad en mi vida. Durante dos años me negué a hablar con él a pesar de sus intentos, él insistió constantemente y me pidió perdón, al inicio me negué a escucharlo o a salir con él, pienso que realmente estaba arrepentido y se veía el dolor que tenía en su mirada, pero nos había hecho mucho daño y en un principio no estaba lista para perdonarle, además le tenía algo de miedo. Fue muy poco a poco que entendí que era una persona que no podía controlar sus emociones, pero en verdad me quería. Con el paso del tiempo le fui perdonando, entendiendo su forma de ser y fuimos recuperando la relación, incluso también pidió perdón a mi mamá por todo el daño que le había hecho, obviamente no regresaron para estar juntos pero pudieron llevar una relación cordial. Pienso que el problema de mi padre era que simplemente no podía tolerar vivir con otras personas, y la frustración que sentía con el tiempo se convertía en violencia, así que el vivir solo le ayudó a calmar su mal temperamento, y finalmente años antes de su muerte logramos tener una buena relación.

Así, la relativa tranquilidad que trajo la separación de mis padres hizo que volviera a pensar en esas dudas que había dejado en pausa un tiempo atrás. Hasta ese momento, mi sexualidad estaba reprimida, era inexistente, nunca me había tocado, ni tenía interés en la sexualidad, no quería saber nada de mi cuerpo, pensar en sus diferencias me traía malestar y desagrado. Pero comenzaba a notar que además de sentirme atraída románticamente por los chicos, también comencé a cuestionarme acerca de si me gustaban las chicas y a recordar mi primer y único beso, creo que inconscientemente también pensaba que una chica podría aceptar mi cuerpo más fácilmente. Debido a que mi cuerpo no podía ser penetrado como decían en las clases de sexualidad, comencé a generar miedo a una relación sexual con algún chico y me interesé más en las chicas. Pienso que al inicio yo sentía una gran culpa, porque desde pequeña escuché de mis padres usar un lenguaje homofóbico, y expresar abiertamente su desagrado a las relaciones entre personas del mismo sexo. Esa situación me causaba gran preocupación, tenía miedo de defraudar sobre todo a mi mamá.

Las dudas acerca de mis diferencias corporales también rondaban mi cabeza. Así que un día que mi mamá estaba trabajando, me puse a buscar por toda mi casa algún documento médico que arrojara algo de luz sobre lo que sucedía conmigo, sobre el porqué era tan diferente a las demás personas. Finalmente encontré un folder lleno de documentos médicos, algunos se remontaban hasta mi nacimiento, y en ellos leí por primera vez “pseudo-hermafroditismo femenino” e “hiperplasia suprarrenal congénita”. La verdad es que, aunque no conocía esos términos, no me sorprendió del todo encontrar esas palabras, de alguna manera me hacían sentido, y finalmente sentía que estaba cerca de dar respuesta a esas dudas que me habían perseguido por gran parte de mi vida.

Esa tarde, me senté en el suelo de la habitación de mi mamá y comencé a leer todos los documentos que encontré, pasé horas leyéndolos y releyéndolos, intentando encontrar sentido a todo, pero me surgieron más dudas que respuestas. Finalmente, regresé el expediente al lugar del que lo había tomado y solo conservé un par de hojas de este, donde estaban los términos anteriormente mencionados. Mi mamá llegó de trabajar y no quise decirle nada de lo que había descubierto. Esa noche no pude dormir, la pasé recostada observando fijamente las hojas y leyendo una y otra vez: “pseudo-hermafroditismo femenino”, “hiperplasia suprarrenal congénita”, como si leer esas palabras fuera a revelar alguna verdad en mi cuerpo.

Comencé a buscar en internet esas palabras y me topé con información médica, que decía que la hiperplasia suprarrenal congénita es una enfermedad y que “en caso de genitales ambiguos lo mejor era la cirugía temprana”, y así, la persona llevaría una vida “normal”. Así que me pregunté: “¿por qué no me operaron de niña? si me hubieran operado ahora sería ‘normal’”. Yo solo quería ser como todas las demás chicas, y decidí hablar con mi mamá para obtener respuestas y que me apoyara a investigar donde me podían realizar la cirugía que me daría esa “normalidad” que añoraba. Hablé largo rato con mi mamá sobre lo que había descubierto, me dijo que no me había dicho sobre mi diagnóstico y situación, porque no pensó que el conocer esa información me beneficiara de alguna manera, y que probablemente solo me hubiera afectado más, y que ya teníamos bastantes problemas con la situación de la violencia familiar que vivíamos. Le pregunté sobre las cirugías, y en ese momento no supo que decir, solo me dijo que me apoyaría buscando un médico que pudiera ayudarme.

Así, con casi 17 años, regresé a los hospitales, de nuevo revisaron muchos ojos mi cuerpo desnudo, una vez más me dijeron que nunca podría tener una vida normal ni sexualidad satisfactoria, que ni siquiera podía tener sexo, que mi cuerpo no era adecuado para la sexualidad, que tenía una hipertrofia del clítoris, que mis conductos vaginal y uretral estaban unidos, y que nunca podría experimentar la sexualidad con un cuerpo así, que además tendría infecciones “recurrentes” a causa de mi formas genitales —lo cual nunca sucedió. Me hicieron preguntas incómodas, invitaron a otros doctores a ver mi cuerpo desnudo, confirmaron mis miedos, hablaron de vaginoplastía, de reducción del clítoris, de hormonas, de diversas técnicas y procedimientos, de diez tamaños de dilatadores que debería introducir en mi cuerpo para poder “tener relaciones sexuales con mi esposo cuando me casara”. Y yo permití que nuevamente todo esto me sucediera, me sentía paralizada, un mero objeto, tenía miedo.

Los médicos también me dijeron que los casos como el mío son extremadamente raros y que difícilmente conocería a otras personas como yo. Era intenso mi deseo de encontrar  a esas personas, así que en mi búsqueda interminable por respuestas, una cosa llevó a la otra y encontré el término “intersexual” en un sitio web no médico que hablaba sobre la HSC. La información estaba en inglés, así que con un diccionario en mano comencé a traducir los artículos y la información del sitio web dirigido por activistas intersexuales. Una de esas páginas web se llamaba Bodies Like Ours (Cuerpos como los Nuestros) ese nombre resonó fuertemente en mí. Tenía foros y ahí hice algunas preguntas sobre cuerpos como el mío, les conté que creía que “no podía tener relaciones sexuales”, una de las cosas que dijeron es que la sexualidad tenía muchas formas, que no todo era penetración, y que quien se enamorara de mí lo iba a hacer de mi persona y no de mis genitales, los cuales, además, no tenían nada de malo. Esa persona que me respondió fue Betsy Driver quien también había nacido con HSC, ella es una importante activista intersexual de EUA y muchos años más tarde tuve la oportunidad de conocerla. La respuesta que ella me brindó me ayudó enormemente, abrió mi mente y cambió mi vida. Ahí entendí lo importante que es establecer relaciones cálidas, hablar desde la experiencia, compartir con generosidad, replicar lo que en esa conversación hubo se ha vuelto mi actividad diaria y el sostén de mi trabajo en Brújula Intersexual.

Comencé a investigar más sobre ese nuevo término “intersexual” y a devorar todo lo que encontraba sobre el tema y, con el tiempo, empecé a valorar más mi cuerpo y sus características. También encontré un video en el que aparecía una chica intersexual mexicana con una condición similar a la mía, fui capaz de contactarla y charlar con ella por chat, fue alguien que me ayudó mucho a resignificar mi cuerpo, y, por tanto, mi vida. Podría decir que la información producida por personas y activistas intersexuales, y sus amables respuestas, salvaron mi vida. Pensé que ya había pasado por muchas adversidades y no era momento de auto rechazo y rencor, al menos yo ya había decidido que no iba a dañar más a mi cuerpo en la búsqueda de esa “normalidad” que nadie sabe exactamente en qué consiste. Gracias a toda esta información, poco a poco fui sanando los sentimientos negativos que tenía hacia mi cuerpo.

También me ayudó no dejarme vencer por la homofobia que persistía en mi familia, en particular la expresada por mis padres. Comencé a salir con chicas y tuve mi primera novia, cuando llegó el momento de la intimidad, me sorprendió no ser rechazada, que aceptara mis diferencias. Al contarle sobre mi cuerpo y las adversidades que había pasado en los hospitales, lloró conmigo, pero la sexualidad era algo tan ajeno para mí, tan distante, tan otro, algo que sentía que no estaba hecho para mí, yo fingía, y al final ambas nos distanciamos. Unos años después, volví a aventurarme a tener pareja, ya no estaba dispuesta a seguir escondiéndome de mi mamá, y le conté sobre ella. Esperaba que su reacción fuera de enojo y rechazo, pero no fue así, para mi sorpresa lloró y me pidió perdón por todos los comentarios homofóbicos que había hecho, me dijo que me quería como fuera, y que me apoyaría en mis decisiones, decirle me quitó un peso de encima, desde ese día no volvió a decir un comentario homofóbico, y si lo decía se acordaba y se disculpaba.

Fue difícil alejar el rechazo que sentía hacia la sexualidad y que hacía que me alejara de las personas, incluso comencé a creer que era asexual, pero un día después de reflexionarlo, me di cuenta de que, cuando mi pareja tocaba mis genitales, sentía algo muy peculiar, como un rechazo, y pronto observé que esa sensación era la misma que había sentido cuando me tocaban los médicos. Creo que los ejercicios de meditación que he practicado y las charlas con otras personas que poseen cuerpos intersexuales me han ayudado a elaborar la disociación que durante años me mantuvo a salvo de mi cuerpo. No fue sencillo encontrar una pareja, sufrí rechazos y estaba cansada de dar explicaciones creía que me era imposible amar y ser amada profundamente, y que simplemente estaba demasiado dañada para tener una relación sana. Así, volví a entrar en una profunda depresión, dormía mucho, no tenía ganas de nada y los pensamientos suicidas volvieron.

Entonces conocí a una chica a quien decidí contarle sobre mi cuerpo desde el principio, pensaba que si me iba a rechazar que lo hiciera de una vez; cuando le expliqué sobre mis variaciones corporales, ella para mi sorpresa ya conocía sobre el tema y se alegró mucho, me dijo que siempre había querido conocer a una persona intersexual, que le parecía genial que yo fuera así. Me sorprendí mucho con su reacción, no estaba acostumbrada a que las personas se alegraran y celebraran mis diferencias. Fue alguien que me ayudó mucho en su momento, incluso me ayudó a recuperar un poco mi autoestima, me hizo darme cuenta qué nuestras diferencias también pueden ser atractivas, que no tenemos que conformarnos con aceptación y una palmada en la espalda, y me ayudó también a ir sanando la relación que tenía con la sexualidad.

Con el tiempo me animó a fundar un proyecto para que ayudara a otras personas que habían nacido con cuerpos como el mío, y finalmente, el 27 de octubre de 2013 —un día después del Día de la Visibilidad Intersexual— empezó la historia del proyecto Brújula Intersexual, con una página de Facebook en la que compartía la información que a mí me había ayudado a sanar y algunas traducciones al español de importantes artículos en inglés escritos por activistas y personas intersexuales. Entonces empezó a ocurrir, las personas que se identificaban con las experiencias e información que compartía comenzaron a acercarse, yo hablaba con ellas y les brindaba información y apoyo emocional. Conocí a muchas personas como yo, con historias muy duras también, quienes vivieron situaciones igual de complejas o más difíciles, platicaba con ellas y les apoyaba como podía. Con el tiempo, abrí una página web, en la que compartía las traducciones al español que hacía, videos, y mi propia historia personal; alenté a que otras personas también compartieran sus historias y el proyecto fue creciendo cada vez más con el apoyo de muchas personas que se fueron sumaron.

Y fue ahí donde conocí a mi actual pareja, ella es una de las personas intersexuales que llegaron al proyecto en busca de apoyo, nos enamoramos y nos enseñamos que es posible llevar una relación sana de pareja, una en la que ambas nos tratamos con cariño, dignidad y nos apreciamos mutuamente. Mi pareja es alguien que me admira y a quien yo admiro, alguien que lejos de haberse amargado por las dificultades que se le presentaron en la vida, tiene una gran bondad y una conciencia plena de los que le rodean, ella me alienta a seguir adelante. Con ella me abrí a la belleza de los cuerpos intersexuales, además del amor y cariño que me expresa, ha hecho que también yo vaya cambiando mi propio punto de vista sobre mi cuerpo, ha sido difícil, no lo niego, nos han lastimado mucho, nos han dicho muchas cosas malas en nuestra vida, pero para nada es algo que no se pueda lograr, si se puede, y es maravilloso estar en este camino. Por primera vez experimenté lo que es tener una vida feliz y tranquila al lado de alguien a quien no le tienes que dar explicaciones constantes y que te aprecia. Finalmente sentía que estaba con la persona indicada, en el momento indicado, en el lugar indicado.

Mi vida ahora tiene un propósito, y es ayudar a que otras personas intersexuales y sus familias no se sientan tan solas como un día yo me sentí, ni que se sigan violando los derechos humanos más básicos de los bebés, niños y niñas intersexuales, así que he creado y sostenido la Brújula Intersexual que me marcó el rumbo a una vida más satisfactoria, para que también sirva a cada persona que se sienta perdida y sola, para que pueda encontrarnos, y encontrar así, la fuerza para seguir adelante y superar la adversidad. Sé que no puedo cambiar EL mundo, pero sí puedo hacer un esfuerzo para orientar a algunas personas a que cambien SU mundo, porque el cambio no viene de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia fuera [este cuento me ayuda a recordarme eso: “Rescatando estrellas de mar”]. Y creo que el mayor bienestar en la vida viene de lo que nosotras como personas aportamos al mundo, no de lo que tomamos de él. Y eso intento hacer, lo que da un sentido trascendental a mi vida, quiero irme de este mundo sabiendo que hice lo que pude para poner mi granito de arena. Posiblemente si no hubiera vivido todo esto, llevaría una vida bastante diferente, bastante más común, pero no siempre lo común es lo mejor.

Actualmente, el proyecto Brújula Intersexual está por cumplir su 7° aniversario, y ha crecido de una manera que nunca hubiera esperado, cuenta con una página de Facebook, Twitter, Instagram, página web. Hemos formado una comunidad en México que ha ofrecido apoyo a cientos de personas intersexuales y familiares, tenemos una gran cantidad de artículos publicados en nuestra página web, tanto traducciones como artículos y testimonios originales, hemos trabajado dando talleres a funcionarios públicos, médicos y público en general, presentado informes sobre la situación de las personas intersexuales ante organismos de la ONU, y participado y organizado numerosos eventos y foros a nivel nacional, y asistido a algunos a nivel internacional. También hemos apoyado la configuración de organizaciones y comunidades de personas intersexuales en México y en otros países como Argentina, Colombia, España y Chile. Y todo esto ha sido gracias al apoyo y confianza de muchas personas que participan en el proyecto, entre ellas quisiera destacar el apoyo de las académicas Eva Alcántara Zavala y Mara Cristina Toledo Silva, de la activista intersexual Hana Aoi, que actualmente es una de las principales activistas intersexuales de México, de la artista audio visual Adiós al futuro y del doctor Carlos Alberto Narváez Pichardo. También me gustaría agradecer a Astraea Lesbian Foundation for Justice, que nos apoya a través de su Fondo de Derechos Humanos Intersex.

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