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Orgulloso del proceso, enamorado del resultado
Por Izan (Venezuela)
Ser una persona intersexual en mi niñez no me causó ningún problema, ni de salud ni psicológico. El problema siempre fue el trato de la sociedad y la familia, que querían corregir constantemente cómo debía comportarme, qué ropa debía usar, cómo debía sentarme. Esas cosas sí me hicieron daño, sí me confundían y me hacían sentir súper mal.
Sobre todo, fueron difíciles los cambios que llegaron en la adolescencia. Sin información, no entendía lo que estaba pasando, ya que fui criado como niña y mis cambios no fueron los típicamente femeninos. Al principio, esos cambios me gustaron mucho, me sentía feliz con mi cuerpo, pero al ser tan juzgado, tan señalado, al ser objeto de tantas críticas y malos tratos, llegué a odiar mi cuerpo. No soportaba cargar con tanto peso, con tanto dolor, con tanta falta de información.
Hoy sé que el problema nunca fui yo, nunca fue mi cuerpo. Siempre fue la ignorancia y la maldad de las personas al mirarme, juzgarme y criticarme sin piedad. No fue nacer intersexual lo que me robó tantos años de felicidad, como lo creí durante mucho tiempo. Pude haber sido un niño sano y feliz, muy feliz.
Por eso, después de darme la oportunidad de transicionar y ser el hombre que siempre he sido, he disfrutado cada cambio en mi cuerpo. Esos cambios que viví en mi adolescencia y de los cuales me privaron, hoy los vivo con pasión, con alegría. Mirarme al espejo y ver crecer de nuevo mi vello facial, poder vestir como siempre quise y mi voz, esa voz que reprimí toda la vida, hoy es libre. Hoy puedo expresarme. Amo el sonido de mi voz al hablar.
Y, sobre todo, amo la madurez con la que transito este proceso. Ya no me duelen las miradas, ya no me importa el que murmura a mis espaldas. Soy un hombre intersex y trans. ¿SOY, Y QUÉ? Es mi vida, es mi proceso y soy feliz de mirarme.

