Intersexualidad. Por Merit

Intersexualidad

Por Merit

* Esta historia fue compartida exclusivamente con Brújula Intersexual, si quieres publicarla en otro lugar, por favor escríbenos para pedir autorización a la autora: brujulaintersexual@gmail.com

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Yo a los 3 años con mi familia.

Le agradezco a la vida por permitirme ser intersexual, por dejarme explorar está diversidad de gamas que tiene ser intersexual.

Por mucho tiempo guarde en secreto mi tan privilegiada condición, pero a mis años puedo decir gracias.

¡Vida bella, gracias, por el regalo más magnífico que tengo!

La forma única en la que veo la vida y en la que puedo socializar es en esencia mi intersexualidad. Amo la forma tan diversa en la que puedo pensar, y la manera tan única en la que las personas me dicen: tú, eres diferente. Esta diferencia radica en mi manera de vivir, de interactuar con el mundo y de curiosear todo.

Y de manera inicial me otorgo ese privilegio de exploración mi intersexualidad. Desde aquellos días en los que deambulaba por los pasillos del Hospital, leyendo los diagnósticos de otros. Desde aquellas noches en las que revisaba mi expediente a escondidas y leía todo aquello que los otros escribían. Miraba al techo y soñaba con ese primer encuentro, con aquella chica de acuerdo con mis deseos.

Estoy ligada a creer que todo es posible, y que está dualidad me da la fuerza y entereza para ser yo.

Puesto que la sexualidad es un aspecto que se lleva a todos lados, me es imposible separar vivencias personales de aspectos intersexuales.

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Yo a los 3 años con mi familia.

Al nacer me diagnosticaron con hiperplasia suprarrenal congénita (HSC) no perdedora de sal, estuve la mayor parte de mi vida en hospitales ya sea por mi precaria salud o simplemente por los arreglos y adecuaciones que le efectuaron a mi cuerpo con la finalidad de que pudiera identificarme con el sexo femenino. Sexo que no estoy segura de tener, no me siento tan femenina o masculina como todos esperan. No siento pertenecer a un lado ni al otro, no es posible esa clasificación en mi ser.

Tarde tiempo en comprender la magnitud de mi diagnóstico, aun no la comprendo, no sé qué me depare el futuro o como afrontaré los nuevos retos, porque hace tiempo deje de verlos como problemas y los comencé a ver como oportunidades. Oportunidades difíciles de afrontar, pero que al final están ahí solo para mí.

Tuve una niñez gris, me la pasé en los hospitales por motivos que no me quisieron informar. Mi diagnóstico para mi madre era penoso y, hasta cierto punto, incómodo. Hasta el día de hoy, de esto no se habla, este no es tema de conversación en mi familia.

Una vez que conocí la magnitud de mi diagnóstico y solicite aceptación de parte de mi madre, me tope con el dolor y la incertidumbre, con la falta de comprensión y aceptación. Según ella debo y tengo que comportarme como alguien “normal”, que para ella significa que debo identificarme como una mujer heterosexual.

Pero hoy en día ¿qué es normal? Existe demasiada libertad sexual que ahora la anormal soy yo.

Recuerdo cuando tuve que descubrir mi sexualidad, cuando tuve que tomarme y mostrarme al mundo como creía que era. Siempre he pensado que nosotros construimos lo que somos, o por lo menos eso es lo que quiero pensar. Que todo esto es producto en parte de mi condición y en parte de mi aceptación e innovación.

Amo mi cuerpo y mi extraña forma de ver al mundo, no hay cosa que me espante o con la que sueñe. Conocí ambas partes, ame sin medidas y de manera mesurable, sé que el estereotipo, por lo menos en mis tiempos, era hombre – mujer, con el tiempo me he adaptado a él. Me deje impregnar del deseo que es amar por elección y decisión.

No ha sido fácil vivir en un mundo que pide seguir reglas claras una vez que te asignan un sexo y esperan que ejerzas este, no es fácil, porque por dentro no quieres aceptarlo. Simplemente quieres sentirte amada y aceptada, llámese hombre, llámese mujer, o llámese como se llamen las otras identidades. La demanda es la misma, y quiero sentirme amada y aceptada tal cual soy. Sin tener que ser cortada o mutilada, así como lo hicieron con mi cuerpo de niña para su “adaptación social”, que, siendo sincera, no requería tanta intromisión, no era necesario, pues los genitales no los andamos mostrando. No era necesario pasar por ese dolor, al final sigo siendo yo, pero ahora en un cuerpo mutilado.

Y esto no es algo que un ser humano “normal” pueda vivir, siento que mi diagnóstico me dio la oportunidad de decidir conscientemente sobre a quién amaría, ¿sería hombre o mujer? ¿Quién me aceptaría? Porque la aceptación de la persona amada es muy importante, quien estuviera a mi lado, tenía que aceptarme tal cual, no puedo separarme de mi intersexualidad, es parte de mí.

Me tarde mucho en llegar aquí, en encontrarme y encontrarle sabor a la vida. Fui muy depresiva, al grado de que tuve que ser medicada, no podía creer que esto me pasara a mí, no podía aceptar que fuera algo bueno, que yo fuera humano, que esto fuera un problema, que yo lo fuera.

Hoy puedo hablarlo sin esconderme, tampoco lo ando gritando a los cuatro vientos, pero sí puedo decir que lo he superado y afrontado.

Aún lidio con problemas físicos relacionados a las múltiples operaciones que tuve para que mis genitales se vieran “normales”, pero ni siquiera eso me duele o me pesa en este momento.

Hoy en día, hay personas que me miran y creen que mi vida es perfecta. Es curioso, porque personas que no me conocieron en mi pasado tortuoso me dicen: es que tú no nos entiendes porque tienes tu vida totalmente arreglada, no tienes ni idea de cuánto he sufrido y los motivos por los que hago lo que hago. Y entonces me pregunto: ¿Lo habré superado? ¿Lo habré logrado? Nadie percibe algo extraño… para mí, es un halago… Si supieran que hubo un tiempo en el que solo el alcohol o las drogas podían aliviar mi dolor, si supieran que hubo una época en el que era tanta la angustia que era insoportable traerla a cuestas. Dos veces fui hospitalizada por intento de suicidio, y muchas más por tonterías relacionadas con mi falta de cuidado.

Nada de eso suena evidente, hoy en día parece muy, muy distante y todo comenzó con la aceptación, con el deseo de dejar lo malo y tomar lo bueno.

La HSC no es algo que se lleve en el cuerpo, sino que se lleva en el alma, en la medida en que tu alma quede sanada de todas las experiencias vividas, tu cuerpo será redimido.

Creo que merecemos aceptación, creo que merecemos decidir nosotras mismas por nuestro cuerpo, por qué queremos o que no queremos en él, nadie más tiene el derecho de tomar esas decisiones. Creo que deben informarnos de lo especiales que somos y la valiosa decisión que tomaremos, dándonos todos los elementos para tomar una decisión a una edad apropiada. Nosotros tenemos la oportunidad de decidir si queremos o no cirugías, y con qué género nos identificaremos cuando seamos grandes. Y espero que en esa decisión no haya dolor, sufrimiento, angustia o frustración. No es por lo que te toco vivir, o por lo que deberías ser, sino por quién eres y que quieres.

No me cansare de decir que la sexualidad la hacemos nosotros, que no importa cuán extraño parezca, y que no importa que te digan que debes o no debes hacer. Tampoco digo que experimentes y vayas por el mundo probando… solo digo que puedes tomar al toro por los cuernos, pese a las cornadas que te dé, y lo mal herido que parezcas estar. Puedes y debes salir bien librado. Debes por ti, porque te lo debes a ti, porque sin ti, no tendríamos este dialogo.

Fuimos nosotras, las personas intersexuales, las que empujamos a la ciencia a investigar el cómo y el porqué. Fuimos nosotras las que motivamos a los científicos a investigar donde empieza y termina la sexualidad, que define a un niño o a una niña, cuando es niño y cuando niña.

Cuando fui pequeña pregunté en distintas ocasiones que sucedía conmigo, hubo momentos en los que no había respuestas. Y ahora lo entiendo: ¿Cuánto realmente sabemos de nosotros mismos? ¿Cuánto podemos entender del ser humano? ¿De los problemas psicológicos que genera tratar a una persona intersexual como una enferma?

Estamos en pañales en ese sentido, hacen falta muchos frentes para que se puedan humanizar nuestros diagnósticos, sacarlos de los hospitales y verlos de frente. Que nos amen por lo que somos, y no por lo que debemos tener o dejar de tener, porque tenemos características únicas que son dignas de belleza.

Mi niñez fue distinta, mamá me pedía que no mostrara mi cuerpo, que evitara que miraran mis órganos reproductores. En la escuela constantemente recibía insultos o burlas, bueno, criamos a nuestros hijos de una manera en la que esperamos que entren dentro de un estereotipo de persona, entonces cada vez que no se cumple con dicho estereotipo se produce una reacción. Era evidente que no podía entrar dentro de estos estereotipos: mi voz era muy gruesa para ser de una niña, mi cuerpo era fuerte, podía pelear con niños, podía correr como niño y hacer cosas de niños.  Estaba muy alta para mi edad, crecí demasiado rápido para mi edad y dejé de crecer a una edad temprana.

En la adolescencia continuaba siendo extraña a la vista de los otros: mis gustos se asemejaban más a los de un varón, continuaba siendo muy fuerte, mi voz seguía siendo ronca, y comencé a tener vello en todos lados, había zonas como el bigote que eran muy evidentes, o el de las piernas, en donde hasta chinos se me hacían los vellos. Todas las chicas hablaban de chicos y a mi simplemente no me apetecía ninguno. En ese tiempo mis mejores amigos eran los animales, ya que ellos eran los únicos seres sin prejuicios, con ellos me era posible convivir sin escuchar ni un sola pregunta o reclamo. Pasaba largas horas a su lado, los admire, ame, conviví y disfrute de su compañía. Nadie preguntaba, nadie comentaba o cuestionaba nada.

Al llegar al final de la adolescencia, cuando ya todos mis compañeros habían presentado sus cambios hormonales, pude por fin dialogar más con humanos que con animales, y los motivos eran obvios, ahora los chicos tenían una voz gruesa parecida a la mía. Por lo que ya no preguntaban, ni les parecía raro o extraño, ya no me bombardeaban con tanta pregunta, así que podíamos hablar de otras cosas que no fuera yo, y es que, en realidad, tampoco tenía las respuestas. A mí tampoco me explicaron los motivos por los cuales yo era así.

Fue en esta etapa del descubrirse y replantearse, que descubrí algo extraordinario: a mí nunca me habían gustado los chicos. Me sentía físicamente atraída por las mujeres, así que de aquí partieron mis mayores problemas. Socialmente era inaceptable esta situación, en ese tiempo no existía la libertad que hoy en día se tiene, por lo que luchar contra el sistema a mí en lo particular me parecía desgastante y fuera de sí. Mi familia, jamás lo acepto, ¿Por qué habrían de hacerlo? Me quedaría sola, y mi intención no era estar sola, ya llevaba mucho tiempo así, como para continuar en ese estado.

En mi afán por cambiar la lógica y temática de mis gustos experimenté y probé una y otra vez. Hoy sé que no fue ideal ni correcto, que me hice daño, que en lugar de ayudarme me hundió en un vacío y una soledad tremenda. Si tan solo alguien hubiera llegado y me hubiera dicho que esa no era la forma de aprender, de afrontar, de decidir… pero estaba sola en esto.

Los doctores, quienes eran los únicos que me hablaban de mi diagnóstico, solo lo hacían de una manera patológica, los psicólogos me decían que todo estaba bien, que era normal que yo sintiera o gustara por las mujeres, es más, me motivaban a experimentar y seguir dicho camino. Pero no había alguien que se sentara y me ayudara a ver qué era lo que yo anhelaba, pese a lo que deseaba. Humanamente hablando, deseamos miles de cosas, pero ¿lo que deseamos está dentro de nuestros planes? Considerar estas cosas era lo que necesitaba, no requería de aceptación, solo requería de orientación.

Desgraciadamente me hundí en el alcohol, las drogas, las relaciones sin compromiso. Cada vez me hundí más y más, en esta vida que para nada me gustaba, por un lado, estaba quien me decía sigue, por el otro quien me criticaba y tachaba. Pero ¿Dónde estaba yo en todo esto? ¿Dónde estaban mis sueños de niña? ¿Dónde se quedó todo eso? Necesitaba urgentemente que alguien parara todo, que me sacara del hoyo. Tuve que llegar muy bajo para darme cuenta de que no llegaría nadie a salvarme…

Hoy lo veo así, las personas intersexuales, al igual que las demás personas, tenemos la oportunidad de decidir nuestro género, sin embargo, esta decisión es más compleja para nosotros porque muchas veces desde pequeños se nos ha forzado a uno u otro, tanto física (cirugías, tratamientos hormonales) como psicológicamente, y muchas veces estas situaciones y la mirada de otras personas nos hace cuestionarnos esa asignación. A diferencia de lo que los jóvenes hoy en día hacen al platearse la interrogante de su vida que consiste en: ¿qué seré cuando sea grande? Debido a nuestras complejas experiencias, es común que nos lleguemos a plantear a muy temprana edad interrogantes como: ¿Podré tener hijos? ¿Me casaré? ¿Me aceptará? ¿Cómo le diré sobre mi cuerpo? ¿Querrá seguir conmigo al enterarse?

¡Guau! Aquí inicia nuestro mayor reto, sentarnos y decidir, estos asuntos tan importantes y trascendentales para nosotros. No conozco otro ser humano que haga esto, casi siendo un niño.

Considere el hecho de que mi bebé pudiera nacer con HSC, los médicos me dijeron que, si nacía una niña con HSC, el “daño” que la testosterona haría sería irreversible (refiriéndose a que, al igual que yo, nacería con diferencias genitales o genitales “ambiguos”). Debido a todo lo que yo había vivido en los hospitales por nacer así, tuve tanto miedo, pero a la vez tanta esperanza. Creí, tuve fe en verlo, quería verlo crecer, quería tocarlo. Tuve que tomar muchas decisiones, y descubrí cuan fuerte era, cuan fuerte mi diagnóstico me había hecho, cuanto podía soportar y cuanto le podía enseñar a este nuevo ser, naciera o no con un cuerpo intersexual.

Entonces comprendí que en medio del dolor y de la angustia, que todas esas noches tristes y grises, aquellos momentos en los hospitales y en mi hogar que me afligieron y causaron daño, me sirvieron para que mi corazón se abriera y experimentará consuelo, ya no había por que luchar más que por lo que era, ya no tenía por qué pensar más en que ser, ni en cómo hacerle para dejar de desear. Todas mis dudas se disiparon.

Mi corazón se inclinó por la maternidad, por tener a un ser en mi interior y compartir con él mi vida, por tener una familia. Quería compartir mi vida, quería mostrarle a mi hijo lo que aprendí, quería mostrarle que a veces discriminar es preguntar, quería hacer a mi hijo fuerte, más fuerte que yo. Me imagine a mi hijo, me visualice con todas y cada una de las cosas que una joven se imagina, pero sin considerar a mi compañero o compañera de vida.

Somos nosotros ahora, los que debemos educar a nuestros hijos e hijas sobre la tolerancia y la desigualdad, somos nosotros los que debemos afrontar junto con nuestros hijos la discriminación.

Mi hijo, no nació con HSC, pero en un futuro él podría tener un hijo con ese diagnóstico, esta es parte de mi herencia, por lo que ahora me toca educarlo y mostrarle el camino que a mí me ayudo a conciliar el sueño.

Le he contado a mi hijo mi vida, le he dicho que la sexualidad es algo que se lleva no solo en los órganos reproductores o en los genes, es algo que se lleva en el alma.

Le he manifestado que es un gran privilegio portar hiperplasia suprarrenal congénita, soy un ser humano dichoso porque este diagnóstico me ha dado la capacidad de comprender al mundo como nadie más puede hacerlo. De ver mi cuerpo y aceptarlo como pocos, y lo mejor de todo, de sentirme única. Le he dicho que sufrí, padecí de pequeña, ¿se pudo evitar? claro, con la debida información.

*Para más información e historias de personas con Hiperplasia Suprarrenal Congénita, visita este enlace: Hiperplasia Suprarrenal Congénita.

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