Entre el amor, la maternidad y la esperanza | Por Paloma

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Entre el amor, la maternidad y la esperanza

Por Paloma

Hace unos años, en el estado de Sinaloa, se estaba forjando una amistad entre una bella mujer llamada Vaney y yo. A pesar de que la distancia entre nosotras no era tanta, no habíamos tenido la dicha de conocernos en persona.

Todo inició cuando le envié una solicitud de amistad a través de Facebook. Al principio, la comunicación era casi nula, pero con el paso de los meses los mensajes comenzaron a fluir. Mi interés era conocerla en persona, pues me parecía una mujer excepcional en todos los sentidos. Sin embargo, como notaba que de su parte no existía el mismo interés, me desanimé por un momento y me resigné a pensar que no podría haber nada más que una amistad con esa joven.

En esos momentos venían a mi mente muchos pensamientos negativos y depresivos. Pensaba que tal vez había notado algo diferente en mí, que yo era poca cosa para ella y muchas otras ideas que ahora considero absurdas.

Durante varios meses seguí hablando con ella, pero ya sin hacerme ilusiones, simplemente como amigas. Le platicaba algunas cosas por mensaje, conversaciones sencillas como las que puede tener cualquier persona. Con el tiempo, me atreví a pedirle su número telefónico, aunque dudaba que me lo diera. Me parecía una persona especial y, además, muy bella. Por cierto, me sorprendió que me lo diera.

Poco a poco, además de los mensajes que nos enviábamos, le pregunté si podía llamarla por las noches. Esas llamadas terminaron convirtiéndose en conversaciones interminables en las que compartíamos nuestros puntos de vista sobre diferentes temas.

Después de aproximadamente ocho meses, nos pusimos de acuerdo para conocernos en persona. Recuerdo perfectamente cómo iba vestida: llevaba un vestido largo, floreado, de fondo azul turquesa, que marcaba su silueta; tenía el cabello suelto y rizado, los labios de color rojo y una bella sonrisa que hacía resplandecer su rostro.

En nuestro primer acercamiento yo estaba demasiado nerviosa, pero también con mucha felicidad de poder verla finalmente en persona. Hasta entonces solo nos conocíamos por fotos. Me acerqué a ella con una rosa roja, que le entregué después de saludarla con un apretón de manos y un beso en la mejilla.

Nos encontramos en Los Mochis, Sinaloa, una ciudad distinta a aquella en la que ella vivía, por lo que cada una se trasladó hasta ahí por su cuenta. Ese fue nuestro primer encuentro en persona.

Después de ese fin de semana nos hicimos novias. Al principio pensé que sería difícil hablarle sobre mi variación: hiperplasia suprarrenal congénita (HSC), pero ella lo tomó con toda normalidad. Era más grande mi miedo a ser rechazada y a que ya no quisiera seguir conociéndome. Pero mi sorpresa fue grande al percatarme de que no le importó; para mí fue un gran alivio.

Con el tiempo, ella fue a visitarme a mi casa. Mi mamá ya sospechaba de nuestra relación. Nunca le comenté nada, pero como conocía bien a su hija, se dio cuenta de nuestra relación. Vaney fue la primera y única pareja que llevé a mi casa. Siempre he sido una persona muy solitaria, no era noviera ni tenía muchas amistades.

En muchas ocasiones hablé con mi pareja sobre mi deseo de ser madre. Al principio ella no estaba convencida. Me decía que, si yo me embarazaba, dejaría de tener atenciones hacia ella, y que tal vez nuestra relación se fracturaría. Yo trataba de hacerle entender que seguiría amándola aun teniendo hijos. Incluso le decía que me gustaría que nuestros hijos pudieran ser registrados por ambas como madres.

También llegué a plantearle que ella podría someterse a un tratamiento para embarazarse, aunque en ese momento no se le miraba tener mucho interés en el tema.

Después de hablar mucho sobre la posibilidad de tener uno o dos hijos, me decidí y acudí a una cita médica. Al principio fue algo perturbador para mí, ya que habían pasado muchos años desde la última vez que había acudido a una consulta en la que tuvieran que revisar mis genitales o realizarme un ultrasonido.

Desde el inicio, el médico tratante fue muy respetuoso. Incluso me pidió permiso para revisarme y yo accedí, siempre en compañía de su asistente. Durante esa consulta me explicó qué procedimientos podían realizarse y me indicó varios estudios de laboratorio.

En la primera cita no pudo introducir la cámara que se utiliza para observar mejor la matriz y los ovarios. Le comenté sobre la HSC y también le expliqué que nunca me habían hecho cirugías, que nunca había tenido intimidad con un hombre, ni se había introducido ningún objeto por mi canal vaginal, el cual es extremadamente estrecho. Entonces me dijo que no seguiría intentándolo porque podía lastimarme.

En la siguiente consulta me propuso entrar al quirófano para poder realizar el estudio con la cámara. La verdad, no supe y tampoco pregunté exactamente cómo realizaron el procedimiento, pues me encontraba bajo anestesia general. Pero me imagino que abrieron un poco mi canal vaginal con una incisión.

Después de eso, ya podían utilizar la cámara con normalidad para revisar mi matriz y mis ovarios y observar mi ovulación. Tengo mi aparato reproductor, con mis dos ovarios, y mi matriz está bien formada y tiene las medidas que debe tener.

Posteriormente, el médico me recetó varios medicamentos y comenzamos un tratamiento de inseminación. Desafortunadamente, no logré quedar embarazada.

Dos o tres meses después volvimos a intentarlo, con mucha ilusión y fe en que esta vez obtendríamos un resultado positivo. Sin embargo, sucedió lo mismo: el resultado fue negativo. Mis ánimos decayeron por completo, pues había invertido tiempo, dinero y, sobre todo, mucha ilusión en mi deseo de ser madre y poder sentir a un bebé crecer en mi vientre.

En ese tiempo, mi pareja tenía un descontrol hormonal y, durante una revisión ginecológica, le detectaron un mioma en el endometrio que requería una intervención quirúrgica. El mismo médico que me estaba atendiendo a mí comenzó a atenderla a ella.

El doctor me preguntó si ella también estaría interesada en realizar el tratamiento y comentó que sería bueno que el siguiente intento fuera con ella, ya que era mayor que yo. Le respondí que, si estaba interesada, podríamos revisarlo posteriormente en consulta para que fuera valorada y pudiera comenzar el tratamiento de inseminación. Durante ese tiempo nos enfocamos en ella.

Mi pareja tuvo, al igual que yo, dos intentos de inseminación. El resultado del primero fue negativo, pero el segundo fue positivo.

Estábamos muy entusiasmadas por la llegada de un bebé a nuestras vidas. En ese momento yo descansé, por decirlo de alguna manera, de los tratamientos para mí. Cada mes viajábamos a Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, para acudir a las revisiones periódicas de su embarazo.

Al principio nadie sabía del embarazo. Las personas pensaban que simplemente estaba subiendo de peso. Aunque ella era delgada y de cintura marcada, su vientre no creció demasiado y el embarazo no era muy notorio.

La noticia se hizo pública aproximadamente a los seis meses. Fue un momento muy bello al que acudieron las personas más cercanas a nosotras, y ahí les revelamos que esperábamos a un feliz y bello niño.

El 24 de noviembre de 2023 acudimos a un Registro Civil de la ciudad de Los Mochis para casarnos y así poder registrar al niño como hijo de ambas.

El 6 de diciembre, por la tarde, ella me comentó que durante todo el día no había sentido que el niño se moviera. En ese momento no vivíamos juntas, ya que mi trabajo se encontraba en otro municipio del estado de Sinaloa. Le dije que acudiera al hospital de su municipio para que la revisaran y comprobaran el estado de salud de ambos.

Minutos después me mencionaron que la trasladarían en ambulancia a Los Mochis porque tenía la presión arterial demasiado alta debido a la preeclampsia. Yo me sentía atada de manos porque me encontraba a unas cuatro horas de distancia de donde ella estaba. Eran aproximadamente las ocho de la noche y ya no había transporte público.

Comencé a llamar a personas que pudieran hacerme el favor de llevarme a Los Mochis. Desde donde me encontraba eran aproximadamente dos horas de camino hasta la ciudad a la que la trasladarían. Estaba desesperada porque ninguna de las personas a las que llamé podía ayudarme; algunas ponían pretextos y yo había pensado que podía contar con su apoyo, no fue así.

Mi última opción, y la que veía más difícil, fue pedirle ayuda al guardia de seguridad de las oficinas donde laboro. Para mi sorpresa, me dijo que sí me llevaría.

Ese día llegué alrededor de las doce de la noche al hospital. Ella había llegado en la ambulancia acompañada de una tía, ya que sus padres ya fallecieron y sus hermanos no vivían cerca. Pasó toda la noche en urgencias porque tenía la presión arterial demasiado alta. Yo permanecí afuera del hospital junto con su tía, su prima y la pareja de su prima, esperando noticias. Solo nos decían que estaba en observación.

Al día siguiente, alrededor de las ocho de la mañana, me pidieron los estudios particulares que teníamos para corroborar las semanas de gestación. El médico que había realizado el tratamiento nos había explicado que, debido a la preeclampsia, ella tendría que tener al bebé a más tardar el 20 o 21 de diciembre.

Sin darnos mucha información, en el hospital del IMSS decidieron realizarle una cesárea de urgencia. Como todavía no teníamos preparada toda la ropa del niño, una prima se ofreció a llevarse algunas prendas para lavarlas. Pasó por mi mamá y por mí al hospital para llevarme a comprar un cachorón amarillo por si el bebé nacía.

No habíamos llegado ni al semáforo cuando recibí una llamada de su tía diciéndome que regresara rápido porque el niño ya había nacido.

Nuestro hijo nació a las 9:23 de la mañana, con un peso de 2 kilos 500 gramos.

Ese mismo día sus familiares regresaron a sus domicilios. Para mi fortuna, mi jefe me llamó y me dijo que podía tomarme libres el jueves y el viernes, y el miércoles de la siguiente semana comenzaban mis vacaciones.

Mi esposa fue dada de alta el lunes. Nuestro hijo permaneció algunos días más en el hospital, por lo que todos los días íbamos a verlo a los cuneros. Nació con la bilirrubina alta y el calcio bajo. Así pasamos alrededor de diez días, durante los cuales nos quedamos en una casa que nos prestaron.

Registrar a nuestro hijo fue muy difícil. A pesar de que estábamos casadas por el civil, en el Registro Civil buscaban cualquier pretexto para impedir que apareciéramos las dos como madres. Finalmente, ella tuvo que registrarlo sola.

Yo estaba llena de coraje y muy molesta. Incluso llegué a enojarme con ella, pero después comprendimos que el problema estaba en la persona del Registro Civil, quien no quería realizar el registro con dos mujeres como madres. Nos decía que sería muy difícil para el niño y que tendría problemas incluso para obtener su pasaporte o con su CURP.

Decidí moverme y buscar una solución hasta llegar al área jurídica del Registro Civil de Culiacán, Sinaloa. Les planteé nuestra situación. En ese momento no se encontraba la directora, pero una persona que trabajaba en el área nos atendió muy amablemente, escuchó nuestro caso y nos proporcionó su número telefónico.

Meses después recibí una llamada. Me dijeron que habría una reunión en la que abordarían nuestra situación para saber cómo proceder. Días más tarde volvieron a llamarme y me indicaron que acudiera al mismo Registro Civil de Los Mochis para que corrigieran el acta de nacimiento, agregaran mi nombre como madre y también mi apellido.

La persona que inicialmente se había negado a hacerlo seguía sin estar muy convencida. Incluso realizó una llamada a sus superiores en Culiacán buscando algún pretexto para no hacer la modificación, pero finalmente hizo lo que tenía que hacer.

Hoy somos unas madres afortunadas de tener a un niño tan bello y amoroso. A cada rato nos abraza, nos da besos y nos dice a cada una: “Te amo mucho”.

Tiene demasiada energía y es la alegría de nuestro hogar. A mi madre le dice “mamábuela”; es su único nieto.

La llegada de nuestro hijo cumplió una parte muy importante de nuestro sueño de formar una familia, pero mi deseo de vivir también la experiencia de un embarazo seguía presente. Con el tiempo, volví a pensar en retomar los tratamientos y en la posibilidad de darle un hermano o una hermana a nuestro hijo.

Antes de volver a acudir con el doctor, busqué algo que pudiera ayudarme y que, desde mi perspectiva, aumentara las posibilidades de obtener un resultado positivo. Una conocida de mi esposa le comentó que había acudido con una señora que daba una terapia a través de masajes y que con eso había logrado embarazarse. En su caso, el problema no era conseguir el embarazo, sino que lo perdía a las pocas semanas. Esto le había sucedido dos o tres veces y, después de acudir durante un tiempo con esta señora, de nombre María, logró tener a su hija, quien, por cierto, nació el mismo día que nuestro hijo.

Me animé a acudir con María y durante aproximadamente cinco meses estuve yendo a sus sesiones. Ella no les llama masajes, sino terapia, y consiste en tocar puntos específicos del cuerpo. No puedo saber si esto influye de alguna manera en las posibilidades de lograr un embarazo, pero personalmente las sesiones me resultaban muy relajantes y sentía que me ayudaban a sentirme bien en general. Después de esos meses tomé la decisión de retomar mis consultas con el especialista en reproducción.

En esta ocasión, el doctor me comentó que sería más viable intentar una fecundación in vitro, ya que consideraba que tendría mayores posibilidades de quedar embarazada que a través de otra inseminación. Accedí y empezamos nuevamente el proceso, con la fe que siempre hemos tenido y con el deseo de darle un hermano o una hermana a nuestro pequeño.

Tenía que acudir a consulta durante el segundo día de mi menstruación para que revisaran mi matriz, la ovulación y otros aspectos necesarios antes de iniciar los medicamentos. Recuerdo que durante varios días tenía que inyectarme diariamente alrededor del ombligo. Las inyecciones me las aplicaba yo misma con agujas de insulina, que son muy delgadas y pequeñas. La asistente del médico me enseñó cómo hacerlo y cómo preparar el medicamento, mezclando una ampolleta con un polvito. También tenía que tomar otros medicamentos y, en dos ocasiones, recibí inyecciones en el glúteo.

Las inyecciones alrededor del ombligo me dejaban pequeños moretes y, cuando algo rozaba mi panza, podía sentir molestias. Pero eso no me importaba demasiado. Mi mente estaba puesta en la posibilidad de obtener ese resultado positivo que tanto deseaba, así que hacía todo al pie de la letra y con mucho entusiasmo.

Después de varias visitas al especialista en reproducción, finalmente llegó el momento de viajar a Culiacán, Sinaloa, para realizar el procedimiento de fecundación in vitro. Ese día iba muy entusiasmada y alegre porque por fin había llegado el momento que tanto esperaba.

Entré al quirófano y realizaron la transferencia del embrión. Después me pasaron a una camilla, donde permanecí aproximadamente veinte minutos. Más tarde me dieron la receta con los medicamentos que debía continuar tomando y me indicaron el día en que tendría que realizarme la prueba de embarazo.

Al retirarme de la clínica me dirigí a un hotel, donde decidí permanecer durante dos días. Regresar a casa implicaba un viaje de aproximadamente tres horas en transporte público y preferí quedarme en Culiacán esos días.

Cuando llegó el momento de conocer el resultado, decidí hacerme primero una prueba de embarazo de farmacia. Dependiendo de ese resultado, después me realizaría la prueba de laboratorio. Me levanté muy temprano esa mañana y me hice la prueba.

Nuevamente, el resultado fue negativo, pero no me desanimo porque soy una persona muy perseverante. Así que sigo en la lucha y, cuando sea posible, volveré a intentarlo una vez más.

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