Cuento: Orquídeas

Cuento: Orquídeas

Autora: Nahani I. Nuñez

Fecha de publicación original: 11 de septiembre 2014

*Publicado con autorización de la autora

 Orquideas N

Belleza orquídea,

inusual estética

de rostro humano.

Los rayos del sol, al amanecer, tenían magia: dotaban al mundo de tintes increíblemente complejos y hermosos. El lugar en donde vivía Eris tenía lo que pocos lugares en la actualidad tienen: campos llenos de flores y luz, mucha luz. Las formaciones montañosas que rodeaban el valle cobijaban también muchas variedades de flores. El lugar era casa de floricultores entre las que se encontraban experimentados personajes como el señor Gallarín, quien producía las mejores rosas de la región, o la familia Escarmís, que era la responsable de las hermosas y enormes violetas africanas que florecían en los jardines del Parlamento; se cultivaban la Fresia y la Petunia, las graciosas Margaritas Inglesas y los intelectuales Pensamientos; y, en medio de todo este paisaje multicolor que día con día el sol descubría cual si fuese un enorme vitral, la familia de Eris se dedicaba a cultivar algo más humilde, pero no por ello menos complejo y maravilloso: el padre de Eris cultivaba Orquídeas. Desde muy pequeña, Eris sintió una fascinación especial por estas flores, su simetría que no perdía sino que acentuaba sus caprichosas formas era, a su juicio, el atractivo más fuerte que tenían; después venía la enorme variedad de ellas, tan enorme que ella no dudaba que fuera infinita, esa creencia se acentuó cuando su padre le explicó acerca de la polinización y de los “híbridos”: “se pueden polinizar tantas flores como quieras siempre que sean del mismo género o subtipo y, si eres inteligente y sabes unir las especies justas, podrás crear una nueva, hermosa y sorprendente Orquídea a la que podrás poner tu nombre”, solía decirle. Él, gran estudioso autodidacta  de la genética, pasaba muchas de sus noches haciendo cálculos y esquemas y muchos de sus días polinizando y vigilando a sus flores. “Es algo complicado y tardado”, decía, “pero uno se siente tan satisfecho por descubrir ese algo de Dios que todos tenemos y que nos está tan oculto.” Para él cada flor que abría sus pétalos al sol era una auténtica revelación.

 Influida por las largas disertaciones que hacía su padre acerca de sus flores, Eris aprendió más y más acerca de ellas, incluso hizo su propio  “jardín” en medio del bosque que se alzaba más allá de la colina, pero careciendo del interés que poseía su padre por la genética observaba a las Orquídeas con ojos más poéticos que evocaban el amor. Ella las llamaba “flores espejo”, pues se había dado cuenta de que, si uno partía por la mitad una de esas flores, se encontraría con dos partes simétricamente iguales. “Es como el rostro de las personas”, le decía a su papá, pero el papá hacía un gesto desdeñoso y decía: “ninguna persona podrá ser tan perfecta como una Orquídea.” Aún así algo dentro de ella insistía en que su padre estaba equivocado. “¿Cómo sería una persona Orquídea?”, se preguntaba; y estaba segura de que un día encontraría una persona que tendría tanto que mostrarle de sí misma, exactamente como un espejo. A esos nombres latinos tan complicados que mencionaba su padre ella, observando, los cambiaba por otros nuevos, por ejemplo: a la que su padre llamaba “Cypripedium Drapeanum” ella le decía “morralito”, pues la forma de sus flores parecía, en efecto, un pequeño morral o monedero; a la que se llamaba “Phalaenopsis”, ella le decía “palomita”, pues sus pétalos parecían formar una paloma con amplias alas y diminuto pico; había algunas que parecían pequeñas bailarinas o seres humanos auténticos. A Eris le fascinaba la cantidad de formas que podía encontrar en una sola flor, y con entusiasmo, se dedicaba al cultivo al lado de su padre; con él las cuidaba, las cubría y las regaba siempre que fuera necesario. Después de un día de trabajo solía ir a visitar su “jardín” en el fondo del bosque más allá de la colina, y ahí pasaba largas horas soñando despierta. Así creció Eris entre campos coloridos y la imaginación, floreciente en cada Orquídea, de su padre.

Una mañana de otoño, cuando la luz primigenia del día descubría los colores del valle rodeado por montañas, Eris vio a una persona desconocida paseando entre las flores; curiosa, camino por el campo de Orquídeas de su padre para preguntarle a aquel desconocido el motivo de su visita. Lo primero que notó fue que esa persona no parecía ni hombre ni mujer, su apariencia era muy particular y, aunque llevaba ropa un tanto masculina, algo en ella no la ubicaba en ningún sexo concreto. Sin detenerse a pensar demasiado en ello, Eris la saludó:

-¡Hola! ¿Necesitas algo?

 La persona, que se encontraba distraída mirando las flores, giró la cabeza hacia Eris y, sonriendo, respondió:

-¡Hola! Disculpa, vengo de la Capital, soy estudiante de horticultura. Busco al señor Gallarín.

-Camina más al Sur –le indicó Eris- y, dos casas más allá, atravesando esos campos, encontrarás su casa. Es inconfundible: la entrada está adornada por rosas bicolores.

 El rostro del visitante se iluminó.

-¡Muchas gracias! –respondió sonriendo, hizo una leve inclinación y siguió andando hacia donde Eris le había indicado.

 Eris se quedó ahí sin poder moverse. La vista de aquella persona la había fascinado por completo. ¿Quién era? ¿Qué era? Veía claramente su cabello claro, lacio y corto caerle sobre la cara y ondear al viento, sus pasos eran decididos pero relajados y esos hombros que sostenían una mochila de viaje eran magníficos, la sonrisa franca y alegre, la nariz recta y fina, femenina, y los ojos, esos ojos tan cálidos y distantes. “Si le miras la cara es una chica”, pensó Eris, “pero si lo ves de espaldas se convierte en chico.” Y, sin poder separar la vista del visitante, lo siguió con la mirada hasta que éste desapareció por la vereda.

 Pasaron los días y Eris no vio de nuevo a aquella persona; nadie parecía haberla visto, ni la familia Gallarín comentaba nada.  Eris, al inicio alerta por si escuchaba algo que pudiera indicarle quién había sido aquel visitante, terminó por pensar que no sería sino otro visitante interesado en los métodos del señor Gallarín, visitantes muy comunes que iban a menudo y no volvían más, y comenzó a sumergirse nuevamente en sus fantasías. El rostro de aquella persona tan curiosa volvía de pronto a su mente y a veces, cuando caía la tarde y ella volvía de su jardín en el bosque, miraba la vereda que llevaba a la casa del señor Gallarín y recordaba, suspirando, la hermosa sonrisa ambigua de aquel extraño. Cierta noche, entre el azul rey del cielo y el naciente fulgor de las estrellas,  mientras Eris se dirigía, a través del campo, a su casa, se escucharon pasos apresurados en la vereda que conducía a la casa del Señor Gallarín. En la hermosa transparencia zafirina del cielo se percibió una silueta de la que salió una voz que Eris reconoció al instante:

-¡Buenas noches! ¿Te interrumpo en algo?

 Eris miró sorprendida hacia donde se encontraba la silueta y su corazón dio un vuelco  al reconocer en ella al extraño visitante.

 -¡Hola! -dijo sonriendo- ¿Qué tal te ha ido? ¿Encontraste al señor Gallarín?

-Si -dijo la silueta acercándose-. Muchas gracias por indicarme el camino. Estaba perdida.  “¡Ah! Entonces se trata de una chica”, pensó Eris, y atravesó el campo para acercarse a la visitante.

-Mi alegra –dijo-; no pensé que te quedarías en este lugar.

-¡Este lugar es hermoso! –Dijo la chica, con esa luminosa y ambigua sonrisa que tanto había impresionado a Eris-  He estado en casa de los Gallarín y, como tienen mucho material interesante, no había tenido tiempo de salir al campo para agradecerte lo amable que fuiste conmigo; pero mira: ahora que pude salir quise venir a darte las gracias.

 Eris se sonrojó tanto y tan inexplicablemente que se alegró de que ya estuviera oscureciendo.

 -Me quedaré por un tiempo –continuó la visitante- ya que en señor Gallarín está muy interesado en que sus descubrimientos lleguen a la Capital y ha prometido enseñarme su nueva técnica de enjertación.

-Te pondrá a trabajar un montón –dijo Eris divertida-; es un hombre muy exigente. ¿Vienes de la Capital, entonces? –añadió sin saber qué más decir.

-Sí, desde niña me ha apasionado mucho la horticultura, pero ahora me he interesado por la floricultura y, de ésta, el cultivo y la variación de Rosas me ha llamado mucho la atención. La Rosa es una de las flores más antiguas: datan del Cretácico y, por ello, representan el símbolo universal del amor duradero.

 El corazón de Eris latía muy aprisa ahora que se encontraba frente a frente con aquella persona que, a pesar de ser mujer, era un poco más alta que ella y tenía una fuerte presencia.

 -¿En qué años  se ubica el Cretácico? –preguntó.

-Hummm…estamos hablando de unos 145 millones de años, aproximadamente. -Respondió la visitante pensativa.

-¡145 millones de años! –Se sorprendió Eris- Es más antigua que la Orquídea.

 -¿Tú cultivas Orquídeas? –preguntó, sorprendida, la visitante. La oscuridad era cada vez más densa.

-Si –respondió Eris-; son flores muy hermosas, pero más modernas, se cree que datan de hace 15 millones de años, aunque algunos piensan que podrían tener hasta 120 millones.

 -¿Te parecen hermosas? –preguntó, con un tono extraño, la visitante ignorando las cifras.

 -¡Claro!

 Ambas quedaron en silencio. Las estrellas comenzaban a brillar intensamente.

 -Debo irme –dijo Eris.

-Sí; yo debo regresar a casa de los Gallarín también. ¿Quieres que te acompañe a tu casa? –preguntó la visitante con un tono cortés, pero tan tímido que Eris se sorprendió y sintió ternura, pues no lo hubiese creído posible en una persona como ella.

 -No te apures, mi casa está muy cerca. Mejor ve con Gallarín, ese camino sí que es un poco largo.

 -Es verdad…oye –dijo la visitante con cierta vacilación- ¿puedo volver mañana?

 -¡Por supuesto que sí! –respondió Eris más enternecida todavía por la cortesía con que se manejaba la muchacha- siempre estoy aquí al caer la tarde – dijo, omitiendo de propósito que a veces iba a visitar su jardín en el bosque, pues lo consideraba un secreto muy suyo.

 La otra chica lanzó un pequeño suspiro.

 -Entonces ¡hasta mañana!

 -¡Hasta mañana!

 Y la visitante se alejó corriendo a través del campo de flores; daba la impresión de  querer penetrar, con sus pasos, la densa negrura. Luego, cuando ya se encontró sobre el camino y el cuarto creciente iluminaba pálidamente la tierra, se volvió y gritó:

 -Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

 -Eris –respondió Eris que no había apartado la vista de la chica-. ¿Y el tuyo?

 -Aura; me llamo Aura. ¡Buenas noches, Eris!

 -¡Buenas noches, Aura!

 Y Aura desapareció debajo del cielo cuajado de estrellas.

Los días siguientes Aura y Eris se veían a la caída de la tarde. Aura le comentaba acerca de sus estudios con el señor Gallarín y Eris le platicaba sobre las orquídeas, el trabajo de su padre y los nuevos nombres que ella había dado a cada especie de Orquídea; entonces, Aura miraba detenidamente y encontraba las formas que Eris le indicaba. A veces no hablaban de flores, a veces y si no era muy tarde, bajaban al lecho del río y, sentadas en la hierba, Aura le platicaba acerca de la Capital y de sus estudios, de vez en cuando Eris se enteraba un poco sobre su familia.

 -No los veo mucho –decía Aura-, pero nos escribimos constantemente. Tengo un hermano que estudia música en Italia y, frecuentemente, manda dibujos de los lugares que más le gustan. Le entusiasma mucho estar allá y sus cartas están llenas de las cosas que hace y los lugares que visita.

 Y, a pesar de platicar tanto, Eris tenía la impresión de que apenas sabía nada sobre Aura.

 Cuando el señor Gallarín llenaba de trabajo a Aura entonces no se veían. En esos días Eris pasaba más tiempo en su jardín del bosque sentada en medio de sus flores, sintiéndose extrañamente sola y pensando, sin apenas darse cuenta, tiernamente en Aura. Le gustaba mucho su sonrisa y la manera en que se movía su cabello, le gustaban sus manos algo gruesas pero femeninas y el tono de su voz un poco más grave de lo normal. “¿Por qué pienso en ella como si estuviese enamorada?”, se preguntaba, “Después de todo es sólo una chica como yo.” Y, diciendo esto, concentraba su mirada en una flor o  regresaba al campo para mirar su reflejo huidizo en las aguas del río.

 Aura, por su parte, se embebía en sus estudios, pero, frecuentemente, se descubría pensando en Eris, en que quería verla de nuevo.  A pesar de pasar de ser una persona solitaria Eris la hacía sentirse extrañamente cómoda, como si ya la conociera desde hacía mucho tiempo.

 Un día Eris decidió hacer un paseo por el boque con Aura. Era un bosque pequeño que se alzaba al pie de una montaña; como había muy poco trabajo en el campo salieron temprano y, mientras caminaban tranquilamente, comentaban y miraban los hermosos campos vecinos; a veces  llegaban a divisar algunas parvadas de aves que cruzaban en cielo, o mariposas de majestuoso colorido, llegaban a sorprender animales pequeños escondidos entre los arbustos o corriendo hacia sus madrigueras: “¡Mira, Aura, qué bellos gorriones!” ¡”Qué bellos azulejos!” “¡Un Zanate!” “¡Mira, una ardilla! Papá odia las ardillas porque dice que estropean los bulbos!” “Mira un Tejón!” “¡Una liebre! Eso quiere decir que ya estamos cerca del bosque.” Eris indicaba, emocionada, cada animalito o curiosidad que pensaba que pudiera interesar a Aura; y, ésta, sin decir nada, caminaba tranquila, mirando con ojos sonrientes a Eris. Cuando llegaron al bosque ya pasaba del mediodía y ambas estaban cansadas y acaloradas. Aura había llevado consigo una pequeña cantimplora y, dejándola en el suelo, se sentó debajo de un árbol.

 -¡Qué raro! ¡Tengo una sed terrible! –se quejó Eris.

 -Eso es porque has venido hablando todo el camino –le respondió Aura, y le alargo la cantimplora llena de agua.

 -Pero, ¡a que no habías visto  nunca tantos animales como hoy! Ustedes los de la ciudad desconocen  muchas cosas del campo.

 -Es verdad, pero nosotros los de la ciudad sabemos que debemos llevar agua cuando vamos a caminar tanto como lo hemos hecho hoy nosotras, Eris –replicó  Aura sonriendo.

  -¡Es verdad! Y yo qué encontré tan ridículo eso de la cantimplora.

 -¿Me encontraste ridícula? –preguntó Aura.

 – ¡No! Sólo el hecho de llevar tanta agua para tan corto camino. En realidad tú te ves muy tierna. Eres casi como un muchacho –y, como reparando en lo que acababa de decir, sonrió tímidamente y tomó el recipiente que Aura le ofrecía.

 Aura se sonrojó y bajó la vista.

 -Discúlpame si he dicho algo malo –dijo Eris al ver la expresión de su amiga.

 -No, es sólo qué… -Aura se calló un momento-  a pesar de haberme hablado mucho sobre las Orquídeas nunca me has dicho por qué te gustan tanto  y me gustaría saberlo. ¿Para ti la Orquídea es una de las mejores flores?

 -¡No! –Respondió Eris con seguridad- Para mí la Orquídea es la mejor flor.

 -¿La mejor? ¿Incluso más que la Rosa?

 -Incluso más, aún más que esas maravillosas Rosas bicolores del señor Gallarín.

 Aura la miró sorprendida.

 -Y ¿puedo saber por qué? –preguntó.

Después de pensarlo un momento Eris dijo:

 -Es muy simple. Ven, quiero mostrarte algo- y, diciendo esto, tomó la mano de Aura y ambas se internaron un poco más en el bosque.

 Llegaron a un claro y Aura miró sorprendida a su alrededor.

 -¡Qué hermoso, Eris! Nunca pensé que algo tan bello se escondiera en las entrañas de un bosque.

 -Es mi jardín –dijo Eris sonriendo-. Lo he cultivado desde pequeña y poco a poco, siguiendo los consejos de papá.

 La luz del sol se colaba a través de las hojas y las ramas de los árboles y hacía el efecto de la luz que se cuela por la bóveda de una gran cúpula cristalina. Rodeaban al claro numerosos árboles de los cuales colgaba una enorme variedad de Orquídeas epífitas que daban la impresión de ser una magnífica cascada de flores. Al pie de los troncos había también muchas orquídeas sobre hojas muertas.

 -¿Y estas también son Orquídeas? –preguntó Aura.

 -Sí; aquí hay muchas variedades de Orquídeas que yo misma he plantado.

 -Es muy hermoso todo esto, Eris, pero aún no has respondido mi pregunta- dijo Aura con una expresión seria.

 -No hay nada más sencillo para mí que responderte –contestó Eris mirando a Aura a los ojos. Se acercó a una rama florida que colgaba de un árbol, la tomó y dijo-: sólo hace falta ver la estructura de estas flores. Cada una es distinta y, por lo mismo, es semejante en su variedad a sus hermanas. Su estructura, aunque no tiene nada de convencional, es perfecta: una maravilla geométrica, ya que la mitad de sus tépalos es exactamente igual a la otra mitad, como si reflejaras una de esas mitades en un espejo. La palabra Orquídea viene de “orchis” que en griego significa testículo, eso es por la forma que tienen sus bulbos; sin embargo, es una flor que exhala femineidad. Es tan ambigua, tan particular. Se camufla para ser polinizada y para polinizar; sus colores y su perfecta estructura  son un hermoso disfraz que engaña a los más aguzados insectos, y el disfraz mismo constituye su piel y esconde su verdad. Hay personas que creen que son muy exclusivas y que sólo se encuentran en lugares remotos porque desconocen a esta flor, así que piensan lo que la sociedad y el comercio les han hecho pensar, pero ignoran que crecen en casi cualquier clima y en cualquier terreno, que muchas de ellas cuelgan de árboles o nacen en lechos de hojas secas además de en la tierra, como cualquier flor. Para otros la Orquídea es algo sin gracia, un error natural con pétalos deformes, pero no saben cuán cerca están de ellas, no saben que las comen, que es una flor muy común y corriente que puede estar en cualquier lado. Aún con todo no podrías confundir nunca una Orquídea como sea que se camufle ni aunque se esconda entre muchas otras flores.

 Aura la escuchaba emocionada.

 -¡Es maravillosa la forma en la que piensas! –le dijo, boquiabierta, a Eris.

 -En la naturaleza no hay errores; aún la hibridación de las flores ocurre de forma natural entre las Orquídeas. Todo es maravilloso Aura: la salud, la enfermedad… todo tiene forma geométrica perfecta. ¿Alguna vez has partido una col por la mitad?

 -Eris –dijo Aura sin poderse contener -, estoy enamorada de ti.

 Eris la miró con ojos brillantes. Una sonrisa asomó inconscientemente a su rostro.

 -Yo también estoy enamorada de ti, Aura. A pesar de que siento que no sé muchas cosas de ti aún, sé que hay algo en ti que he esperado por tanto tiempo, algo en ti que quiere ser descubierto. Desde la primera vez que te vi tu figura me atrajo poderosamente.

 Ambas se acercaron la una a la otra.

 -No sé exactamente por qué pienso esto; pero creo que tú eres como una Orquídea.

 -¿Por qué? –preguntó Aura sin dejar de mirarla.

 -Porque eres tan diferente a todos los demás. No pareces completamente una chica, pero tampoco pareces un chico.

 -En realidad no soy ni lo uno ni lo otro. ¿Cuál es la Orquídea que te gusta más?

 -La Vainilla –dijo Eris y cortó una hermosa flor amarilla que colgaba de la rama de un árbol -.Son flores hermosas que sólo duran un día si no son polinizadas.

 -Tienen algo del amor –dijo Aura.

 -Entonces, si no eres una chica ni un chico, ¿qué eres? –preguntó Eris mientras colocaba la flor de Vainilla en el pecho de Aura y una fragancia muy suave y dulce perfumaba el ambiente.

 Sus miradas se encontraron; algo  muy profundo dentro de sus almas se reflejó en los ojos de ambas. Eran dos seres que se reconocían.

 -Soy una Orquídea –y, al decir esto, Aura atrajo a sí a Eris y la besó en los labios. El beso produjo en Eris la suave sensación de  una espera que terminaba y  de un tranquilo sueño que acababa de comenzar.

Correo electrónico autora: serkinkuni@hotmail.com

Página de Facebook de la autora: https://www.facebook.com/nahani.nunez?fref=ts

Fuente: https://www.facebook.com/notes/nahani-n%C3%BA%C3%B1ez/orqu%C3%ADdeas-nahani-itzell-n%C3%BA%C3%B1ez-salazar-publicado-originalmente-en-bi/1418431191801041?pnref=story

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