Mi Renacer en la Bandera: Crónica del encuentro “Bienestar Intersex” en Perú | Por Pato, Uruguay 

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Fotografía: Pato sosteniendo la bandera intersexual durante la Marcha LGBTI en Lima, Perú

Mi Renacer en la Bandera

Crónica del encuentro “Bienestar Intersex” en Perú 

Por Pato, Uruguay  

 Montevideo es una ciudad pequeña. Uruguay, con sus tres millones y medio de habitantes, esconde en su cotidianidad a otras Patos y otros Gastones*, que el aislamiento me había impedido encontrar. Durante años, mi búsqueda fue incansable: el deseo profundo de un ser que anhelaba interactuar con sus pares, de compartir las coordenadas de una experiencia de vida compartida. Esa búsqueda, a menudo solitaria, se iluminó el día que descubrí la existencia de Brújula Intersexual. 

*Gastón fue el nombre que inicialmente me dieron mis padres, más tarde los médicos decidieron reasignarme como niña y mi nombre cambió a Patricia.

 Tras una vida entera esperando que algo suceda, llegó lo inimaginable: la llamada, la invitación de Laura Inter para asistir al encuentro Bienestar Intersex 2026 en la ciudad de Lima, Perú.  

 La antesala del viaje quedó marcada en mi memoria como una noche de invierno, el viento helado soplando en mi rostro, la punta de la nariz enrojecida y los ojos vidriosos, camuflando la emoción de estar a tan solo unas horas de un encuentro que intuía como un auténtico renacer. 

 Aeropuerto de Lima, 11:30 de la mañana. Subí a un automóvil que me acercaba, minuto a minuto, a la experiencia por la que tanto había rezado. En el interior del vehículo se desató una conversación frenética con mis propios pensamientos; un torbellino de expectativas, entusiasmo y alegría que contrastaba con el concierto de bocinas y el tránsito interrumpido de Lima. Intenté moderar las emociones, buscando un equilibrio mental que aquietara mi ansiedad. En medio de ese ejercicio de introspección, el coche se detuvo. Al levantar la vista, supe que finalmente había llegado. 

 Allí estaban para recibirme Laura y Bea, anfitrionas y organizadoras del evento. Fue una presentación inusual, porque, aunque nunca nos habíamos visto en persona, las charlas telefónicas previas, los videos y las lecturas informativas habían construido un puente tan sólido que sentí la misma reverencia que se experimenta al conocer a uno de tus artistas favoritos. 

 Al entrar, me encontré con una mesa grande rodeada de personas que habitaban un ambiente de absoluta armonía. En el aire se respiraba la paz de saberse, al fin, en el lugar indicado. Pocos minutos después de instalarme, me descubrí hablando de forma verborrágica, en una suerte de embriaguez de alegría. Nada de lo que mi entusiasta imaginación había cocinado durante el viaje estuvo a la altura de la realidad; lo que viví fue muchísimo más emocionante y reconfortante de lo que jamás pude idealizar. Amé a cada una de las personas con las que conviví en aquella casa durante los cinco días de estadía. Cada una, con sus variantes intersex, sus testimonios, sus experiencias de vida, su calidez y sus distintas personalidades, tejió un clima de profunda hermandad.  En esa casa no faltaron las risas, ni la mano amiga que acercaba un pañuelo cuando alguna lágrima rebelde brotaba de la emoción. Entre la paz del arte del bordado, las puntadas nos envolvían en relatos e historias de vida que me sonaban conocidos, familiares, como ecos de mi propia biografía en las voces de una comunidad. Tampoco faltaron los paseos, los bailecitos, el intercambio cultural y los debates sociales y políticos, todo bajo un marco perfecto de interacción humana nacida del sentimiento puro de brindar calidez.

 Comprender la vida intersex es descubrir la resiliencia, la valentía, la aceptación del dolor y, sobre todo, el deseo de ayudar, de concientizar e informar. Esa fuerza interior, forjada por años de aislamiento, miedo e incertidumbre, me empoderó de un coraje y un orgullo que me llevó a marchar por las calles del centro de Lima luciendo la bandera amarilla con el círculo morado de la intersexualidad. De pronto, me encontré invadida por un deseo feroz de defenderla, de flamearla y de pregonar los derechos de todas las personas intersex. 

 Es urgente erradicar por completo las intervenciones quirúrgicas que la medicina intenta imponer como «correcciones», como si no tuviéramos el derecho humano de sentirnos orgullosos de nuestra propia corporalidad. Llevar este mensaje a mi país, que tanto amo, es hoy mi mayor deseo. No quiero ver a un solo niño más reprimido, avergonzado de mostrarse tal como su naturaleza le dicta. No quiero que ninguna mamá vuelva a sentir la desolación que vivió la mía al escuchar las perturbadoras convicciones de una medicina mutiladora. No quiero que ninguna otra Pato tenga que atravesar 45 años de una vida angustiosa, al borde de la cornisa, para al fin poder entender que está sana, que no hay nada malo en su interior y que nadie tiene el derecho de someter su esencia para ser aceptada por la sociedad. 

 Hoy me siento fuerte. Amo quien soy y gozo de un orgullo que me impulsa a querer brindar seguridad a quienes la necesitan, de la misma forma en que yo la necesité durante años. 

 He regresado a Montevideo con el corazón inflado y con la huella imborrable de un grupo de personas que adoré conocer, que me enseñaron tanto y con las que me identifiqué plenamente. La experiencia de Bienestar Intersex superó cualquier expectativa, me hizo crecer, me volvió más humana, más empoderada y más orgullosa, dejando un enorme deseo de reencuentro y permanencia. 

 Gracias, Brújula Intersexual. Gracias, Perú Intersex. Verdaderamente creo que no son conscientes de lo que logran; su humildad no les permite dimensionar el alcance transformador que tienen sus palabras, su escucha y su accionar. 

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