8 de marzo: marchar, analizar, transformar | Por Eva Alcántara

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Descripción de imagen: Dos personas caminan rumbo a los andenes del metro. La de la izquierda lleva la bandera intersexual en la espalda (amarilla con aro morado al centro), la de la derecha lleva una camiseta morada.

8 de marzo

marchar, analizar, transformar

Por Eva Alcántara

9 de marzo de 2025, Ciudad de México

Nos unimos a la marcha a la altura de Bellas Artes. Laura Inter, Mar Is, Marina Freitez y yo, nos integramos a la multitud de mujeres que el día de ayer se dio cita para conmemorar el 8 de marzo. Este año, 2025, además del dolor que siempre me acompaña en esta fecha, voy feliz con mis amigas al lado.

Al incorporarnos al río de mujeres, pronto me uno al coro de consignas:

– Se va a caer, se va a caer, el patriarcado se va a caer…

– E s a   m o r r a, sí me representa…

– Ni una más, ni una más, ni una asesinada más…

Doblamos en 5 de Mayo, el sol arde en la piel, pero la emoción del momento prevalece:

– Mujer… consciente… se une al contingente…

– Con falda o pantalón: ¡respétame cabrón!

– Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente.

De pronto nos detuvimos. Imitando a las compañeras de la marcha, nos inclinamos hacia el piso hasta recargar ahí la rodilla izquierda. Un silencio comenzó a crecer y levantamos el brazo derecho hacia el cielo. Observé que las manos tenían el puño cerrado y cerré mi puño. Entonces, saltando en gritos, un nombre se repitió entre la multitud:

– ¡Diana García!…

– ¡Diana García!…

– … ¿Dónde estás?

Alguien a mi lado dijo:

– Es una de las desaparecidas.

Alguien más dijo:

– Es una niña, se acaba de perder.

Un altavoz sonó a lo lejos, pero no alcancé a distinguir las palabras.

De nuevo a mi lado:

– Tiene cuatro años. No es Diana, es Liliana.

De nuevo el grito saltando entre la multitud:

– ¡Liliana García!… ¿Dónde estás?…

Luego un murmullo creció:

– ¡Ya apareció! ¡Ya apareció!

Nos incorporamos en medio del júbilo. Una escena conmovedora. Un performance de solidaridad: ¡Lo logramos juntas!

Descripción de imagen: Cientos de personas marchan en las calles del centro de la CDMX, a la izquierda un folleto de Brújula Intersexual en primer plano.

Entonces ocurrió. 

Una señora, alrededor de 50 años, acusó a gritos señalando a Mar:

– ¡Él le estaba abriendo la mochila a mi hija! ¡Él lo hizo! ¡Fue él!

Las miradas del río de mujeres siguieron la dirección en la que apuntaba el dedo de la mujer. Con rapidez, interpuse mi cuerpo en la trayectoria. Quedé entre el dedo acusador de la señora que gritaba y Mar. Miré directamente a los ojos de la señora y le dije con determinación alzando el tono de voz: 

– Ella NO hizo nada. Yo la conozco. Está conmigo y NO hizo nada. Ella viene conmigo. Ella NO hizo nada. 

Un gesto de confusión en el rostro de la señora, me indicó el desconcierto con que recibió mis palabras y mi acción. La señora se alejó diciendo: 

– Sí lo hizo… yo la vi… yo lo vi… yo lo vi…

Unos pasos adelante y se reunió con su hija, una chica joven quien solo miraba la escena sin decir palabra, algo perpleja. La marcha continuó su curso y el acontecimiento pareció disolverse en ese instante.

Mar guardó silencio, pero Laura, su pareja, me miró con reproche. Ella había dudado en la mañana, cuando les propuse acompañarme. Me recordó que en la marcha del 8 de marzo de 2020, Ariel y Mar habían recibido comentarios de discriminación cuando algunas mujeres les identificaban como hombres. 

– Lo sabía. Te dije que algo así pasaría.

Volviéndose a Mar, le preguntó:

– ¿Estás bien?

Ella asintió y siguió caminando. Su mochila en la espalda y encima de ella, a modo de capa, la bandera amarilla con el círculo morado. La bandera intersex.

Continuamos avanzando rumbo al Zócalo, pero mi júbilo de una solidaridad inquebrantable entre mujeres se hizo añicos una vez más. Sentí un fuego interno naciendo en el centro del estómago, que me indicó la rabia despertando luego de lo sucedido. Las mejillas me ardían, más allá del sol, era la vergüenza de haber invitado a mis amigas de Brújula Intersexual a marchar conmigo este 8 de marzo. Respiré hondo y seguí caminando. Tomé el pañuelo morado que llevaba atado al cuello y se lo amarré a Laura en la muñeca derecha. No lo sabía con precisión en ese momento, pero con ese acto intentaba protegerla marcándola con un sello feminista.

Seguimos andando juntas, ahora más juntas, más vigilantes. Caminé al lado de Mar, tomé el lugar de guardaespaldas. Quería protegerlas a ella y a Laura de esa violencia que despierta su aspecto no normativo en medio de la marcha de mujeres. Una marcha feminista que clama por la justicia, por un trato digno y no violento hacia las mujeres.

Vamos en silencio, pero en mi mente sigue girando lo sucedido. Reaparece la pregunta que me ha acompañado toda la vida: ¿qué es una mujer? Sin embargo, otra cuestión irrumpe con fuerza, aclarando las aguas al momento de emerger: ¿qué se necesita para ser reconocida como una mujer?

Si ordeno mis recuerdos en una línea del tiempo, primero llegó la pregunta ¿qué es una mujer? Esa interrogante nació conmigo. Lo sé cuando observo las fotografías de mi infancia temprana. Al mirarlas, la memoria despierta y los recuerdos acuden a mí, me confunden y me orientan a la vez. Entender la diferencia sexual ha sido desde el inicio un proceso de ida y vuelta entre mi experiencia personal y lo que leo y escucho. En esas fotos tengo dos o tres años. En algunas de ellas llevo puesto un vestido y un pantalón al mismo tiempo, el cabello corto y estoy acompañada por mis dos hermanas mayores. Una de ellas, apenas un año mayor que yo, no podía pronunciar la letra “e”. Con una exactitud asombrosa la sustituía por la letra “a”. Para todos yo era “la beba”, ella me llamaba “baba” o “Ava”. Éramos inseparables, siendo yo la menor copiaba todo de ella. Soy el tercer intento frustrado de un hijo varón, y sin embargo llevo el nombre de mi madre: Eva. La primera mujer, aquella cuya curiosidad abrió el mundo. Me gusta mi nombre. Con el tiempo mi hermana y yo aprendimos a pronunciarlo.

Mi cuerpo no es intersexual, pero sí comparto lo que Hana Sánchez (2024) identifica como una serie de disonancias afectivas y corporales, esas que llevan a interrogar, desde la primera persona, la hegemonía del sexo y su supuesta verdad inscrita en un “cuerpo natural”.

La marcha sigue su curso y las consignas continúan, pero el ritmo de la repetición se me ha extraviado. En mi mente persiste la imagen de la inexistencia de la mujer, en tanto marcho rodeada de mujeres.

Desde muy joven me acerqué al feminismo, pero fue en 1999, cuando comencé a estudiarlo de manera estructurada al ingresar al curso de verano impartido por el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer –actualmente Centro de Estudios de Género– en El Colegio de México. Aquel primer encuentro despertó una sed feminista que me llevó a continuar mi formación en la Maestría en Estudios de la Mujer, en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Me gradué como parte de la generación 2000-2002 y hoy tengo el privilegio de coordinar ese mismo programa de maestría. Asumí esa coordinación con el compromiso de actualizar el programa, espero lograrlo.

En 2001, leí Sujetos excéntricos de Teresa de Lauretis, me maravilló encontrar ahí la misma pregunta que me ronda con insistencia, una reflexión ya presente en el feminismo de los años setenta.

“¿Quién o qué es una mujer? ¿Quién o qué soy yo?” Al plantearse estas preguntas el feminismo –un movimiento social de las mujeres para las mujeres– descubrió la inexistencia de la mujer, o, mejor dicho, la paradoja de un ser que está ausente y a la vez prisionero del discurso, sobre quien se discute constantemente pero permanece, de por sí, inexpresable; un ser espectacularmente exhibido, pero a la vez no representado o irrepresentable, invisible, pero construido como objeto y garantía de la visión: un ser cuya existencia y especificidad al mismo tiempo se afirman y se niegan, se ponen en duda y se controlan. (de Lauretis, 1987: 111)

En los feminismos encontré una tierra fértil donde mis preguntas echaron raíces y florecieron. Sin embargo, como en todo jardín, también hay espinas. Me refiero al feminismo que reproduce sistemas de opresión, ese feminismo lastima. Esas heridas se hicieron evidentes con el tiempo.

Conocí la existencia de cuerpos intersexuados en 1990, cuando realicé mi servicio social de la licenciatura en psicología. Aparecen asociadas imágenes de niñas y niños con Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC) y otros diagnósticos médicos asociados a la intersexualidad. Niños y niñas a quienes conocí en el hospital pediátrico de alta especialidad. La teoría feminista me ayudó a posteriori a comprender lo que ya desde ese entonces intuía. La violencia de los procedimientos médicos de normalización que el activismo intersex ha denunciado los últimos treinta y cinco años. Experiencias de dolor asociadas a las clitoridectomías, a las vaginoplastías, a las dilataciones, cirugías genitales y otras más que se realizan  en hospitales pediátricos de todo el mundo, procedimientos médicos que buscan normalizar el sexo natural mediante procedimientos artificiales. Aparecen también imágenes más reconfortantes asociadas al trabajo de Brújula Intersexual, la Guía para madres y padres: HSC, un documento que publicamos en el año 2022 para responder a preguntas frecuentes que recibimos y para informar desde una perspectiva de derechos humanos. También viene a mi mente Vello, bello un fanzine que retoma micronarrativas de la variabilidad corporal intersex desde las experiencias de las personas.

Todo esto aparece mientras continúo caminando vigilante, al lado de Laura, Mar y Marina.

Cuando llegamos al Zócalo, la rabia se expande hacia afuera al escuchar el relato de una mujer que, desde el templete principal narra su experiencia de violencia. Su voz resuena en la enorme plaza. Estoy convencida que sigue siendo urgente atender los reclamos de las múltiples violencias denunciadas por miles de mujeres que asisten a la marcha. La violencia no es un hecho aislado, se sostiene en estructuras capitalistas, colonialistas, racistas, clasistas y endo-cis-heteronormativas. La lucha contra la violencia debería entender que solo la transformación radical de los fundamentos que la sostienen será capaz de desmantelar lo que nos está ocurriendo. No es posible perpetuar la misma violencia solo cambiándole el rostro.

Descripción de imagen: El Zócalo de la CDMX lleno de personas. A la izquierda la bandera de México.

El pensamiento feminista es teoría, pero también práctica política y posicionamiento ético. En mi línea del tiempo esta certeza se fue formando poco a poco en las aulas de la universidad. En la marcha me alegré al encontrarme con mis amigas Lupita y Diana, con quienes estudié la Maestría en Estudios de la Mujer. Nos abrazamos. Hemos compartido tanto. Ellas abrazan a Laura y a Mar, son solidarias cuando les relatamos lo ocurrido.

Descripción de imagen: Cuatro mujeres abrazadas en el Zócalo de la CDMX. A la derecha una sostiene la bandera intersexual en alto.

¿Quiénes somos cuando decimos “nosotras”? ¿De qué mujeres hablamos cuando decimos que las mujeres luchan? Leo las frases que Laura ha publicado estos días, con motivo del 8M Día internacional de las mujeres: Hay muchos cuerpos de mujer y muchas formas de ser mujer. Las mujeres intersexuales también somos mujeres. Incluir la lucha de las mujeres con variaciones intersexuales. Nuestra lucha contra la violencia médica y la mutilación genital debe ser parte de la agenda feminista.  

Ya de vuelta en casa, Laura sube algunas fotografías de la marcha. Casi de inmediato comienzan los comentarios de odio, sobre todo en la cuenta de Brújula Intersexual de la red social X, muestran ignorancia, homofobia y transfobia, no dejan de ser violentos. Mi hijo de 16 años nos acompaña en la mesa, nos pide leer esos mensajes. Levanta las cejas, él ha crecido al lado de Laura y Mar, son parte de nuestra familia, no puede creer lo que lee, no entiende qué genera tanto odio.

No basta con enunciar la violencia y la opresión. Es necesario reconocer las diferencias que nos atraviesan, nombrar los privilegios y las desigualdades que existen entre nosotras. Necesitamos analizar los ejes de poder que atraviesan los movimientos feministas, hablamos de interseccionalidad, pero a menudo olvidamos que las posiciones que ocupamos a raíz de nuestras diferentes pertenencias pueden ser contradictorias. Nattie Golubov (2024) refiere que la interseccionalidad es el resultado de varios procesos interrelacionados que se encuentran ubicados en diferentes dimensiones; más que una condición o una identidad, la interseccionalidad es una estrategia interpretativa para analizar cómo y por qué se perpetúa la desigualdad al desenmarañar los vectores de la discriminación y de la opresión. Desde esa perspectiva el patriarcado no es solo un juez, sino un conjunto de relaciones que se encuentran articuladas con jerarquías sociales específicas que interactúan entre sí en una multiplicidad de experiencias (De la Cerda, 2020).

Después de lo que han escrito feministas como Suzanne Kessler, Anne Fausto Sterling, Judith Butler; después de lo que han escrito teoric*s intersex como Morgan Holmes, Ian Morland, Morgan Carpenter, Mauro Cabral, Laura Inter y Hana Sánchez, no es posible sostener que hay un sujeto mujer que nos agrupe de manera homogénea. No es posible permanecer atrapadas en la lógica de las identidades, universales o estratégicas, las identidades son espacios en disputa que no alcanzan para todo. Es más importante sostener la pregunta, que darle una respuesta cerrada. Es necesario superar la confrontación. Hoy más que nunca, es necesario abrir nuevos caminos que nos alejen a las feministas de la ideología de extrema derecha que va ganando tan de prisa los espacios de poder: económico, político, mediático. Estoy convencida que es necesario un feminismo que sume, no que divida. Estoy por un feminismo basado en las acciones. Un feminismo que tiende puentes y fortalece su estructura al generar alianzas. Un feminismo que problematiza lo personal porque es político. Desde esa convicción es que escribo estas líneas porque hoy me parece que después de marchar, es necesario analizar para transformar.

Descripción de imagen: Son varios carteles con consignas, el de la izquierda dice: «Estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar. No estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar». El cartel del centro, morado con letras blancas, dice: «Mi cuerpo no quiere tu opinión, quiere sus derechos». El cartel de la derecha, café con letras negras y huellas moradas de manos, dice: «Peleo como niña».

Referencias

http://www.brujulaintersexual.org

de la Cerda, Dahlia. 2020. “Feminismo sin cuarto propio”, en Marina Azahua, Lydia Cacho, Dahlia de la Cerda, Diana del Ángel, Lia García, Valeria Luiselli, Fernanda Latani, Luna Marán, Sylvia Marcos, Ytzel Maya, Brenda Navarro, Jumko Ogata Tsunami 2, México: Sexto piso / UAM, pp: 59-98.

de Lauretis, Teresa. 2000. “Sujetos excéntricos”, en Diferencias. Etapas de un camino a través del feminismo. Cuadernos inacabados 35. España: Horas y horas, pp. 111-152.

Golubov, Nattie. 2024. “Interseccionalidad”, en Hortensia Moreno y Eva Alcántara (coords.) Conceptos clave en los estudios de género, Vol 1. México: U-Tópicas / CIEG UNAM, pp. 235-255.

Kessler, Suzzane. 1998. Lessons from the intersexed. Estados Unidos: Rutgers University Press.

Sánchez-Monroy, Alejandra. 2024. “La experiencia intersexual”, en Laura Inter y Eva Alcántara (comps.) Brújula. Voces de la intersexualidad en México. México: 17, editorial, pp. 37-55.

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