INTERSEXUALIDAD EN PRIMERA PERSONA. Por Ananda Molina

Intersexualidad en primera persona

Por Ananda Molina (España)

* Esta historia fue compartida exclusivamente con Brújula Intersexual, si quieres publicarla en otro lugar, por favor escríbenos para pedir autorización al autore: brujulaintersexual@gmail.com

Las personas intersex, tenemos al nacer, características fenotípicas, genotípicas, y/u hormonales, diferentes a los patrones binarios estándar, hombre-mujer, aceptados por la normatividad para encasillarnos. La comunidad científica, afirma que aproximadamente el 1.7% de la población mundial nacemos con características intersex. Esto quiere decir que, en España, seríamos unas 800.000 personas; llenaríamos la ciudad de Valencia. A nivel mundial, si somos, 7.500 millones de habitantes, aproximadamente 127.000.000 personas, nacemos con características intersex, tantos como habitantes tienen México o Japón.

Imagen 1 – MUESTRAS DE DIVERSIDAD GENITAL

Este mundo globalizado, con una obsesiva tendencia a unificarnos, uniformizarnos, quiere la patologización de las personas diferentes, diversas, que nos salimos de sus clasificaciones. Normal es considerada cualquier persona que nace endosex (no intersex, es decir, alguien que nació con un cuerpo típicamente femenino o masculino) y cisgénero (que se identifica con el género asignado al nacer). Las personas intersex, somos, automáticamente, encasilladxs, como anomalías o patologías, por salirnos del promedio al nacer con cuerpos con características sexuales que no se ajustan a lo considerado típicamente femenino o masculino.

     Si bien, somos porcentualmente minoritarias, no somos pocas personas. Podemos contar con variaciones asociadas a los cromosomas, los niveles hormonales, las gónadas (testículos, ovarios, ovotestes), o las características sexuales secundarias que se salen de la norma mayoritaria. La importancia que le damos al género en nuestra sociedad es tan patente que la primera pregunta que hacemos a una embarazada es: “¿qué es, niño o niña?”. Sin tener en cuenta, la mayoría de las veces por desconocimiento, que la criatura todavía no sabe con que género va a identificarse cuando crezca.

Imagen 4
Las imágenes 1 a 4 son cortesía de Vielma-Stefanie Grübi. Su trabajo contribuye a visibilizar las diversidades. Gracias Stefanie:
www.vielma.at
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LAS INTERSEXUALIDADES NOS DEMUESTRAN QUE EL FENOTIPO ES DIVERSO AL INTERVENIR EN CADA PERSONA DE FORMA DIFERENTE

Identidad de género (1), expresión de género (2), orientación sexual (3), disforia de género (4) son situaciones con las que cualquier persona se puede encontrar durante todas las etapas de su vida: infancia, niñez, adolescencia, juventud, adultez, ancianidad. Las personas intersex también, a veces, con el hándicap añadido de los intentos por parte de la familia, de los equipos médicos, o de la sociedad, de reubicar nuestras corporalidades dentro de una de las dos categorías binarias, para protegernos-taparnos.

Sexualidad con el coitocentrismo, el cisheteropatriarcado: nos quieren hacer creer que el sexo, únicamente es cumplir la relación pene-vagina-coito-gestación. Pero si careces de alguno de estos elementos o si el tamaño/ubicación no son las convencionales, no quiere decir que no seamos capaces de dar y recibir placer. El erotismo es piel e imaginación, y esto, viene de serie en todas las personas.

Si acudimos a las disciplinas científicas, la genética dice que durante el proceso de gestación todxs partimos de un patrón inicial típico femenino, para después el ADN u otros factores, dejarlo tal cual, cambiarlo a uno típicamente masculino o dar diversidades intersex.

Por otro lado, la psicología nos dice que a partir de los tres años de edad empezamos a expresar cómo nos vivimos y sentimos.

Sería genial sentirse apoyadx, reforzadx en la expresión de género que cada persona decida, al ser un buen indicativo de cual será la identidad de género, aportándonos potenciales para tener herramientas fortalecedoras en la interactuación con el mundo exterior.

Cuando desde tu nacimiento un montón de decisiones internas y externas intervienen en la esencia de tu ser, la vida se complica. Salir de ese agujero que está lleno de medias verdades que tu entorno te va metiendo en la mochila, es complicado. Nos dan guías de viaje con información no contrastada y mapas obsoletos, añadido al miedo a mostrarte, como compañero de viaje.

Mi biografía.

     Nací en la segunda mitad del siglo XX. El tocólogo se dio cuenta inmediatamente de que mi genitalidad no seguía los patrones fenotípicos acordados por la medicina.  Con un micro-pene, sin escroto, ni testículos. Él tomó la primera decisión que ha marcado mi vida: “es un niño, pero para que no tenga problemas con el servicio militar lo vamos a inscribir como niña”. Mi familia se llevó un gran disgusto, había vuelto a pasar. Uno de mis tíos también había nacido con características intersex pero la diferencia es que cuando tuvo que ir a la mili, un tribunal médico le declaró exento. Asimismo, el segundo hijo de mis padres nació con la misma apariencia.

     A medida que Mª Luisa iba creciendo, mi expresión de género iba siendo leída cada vez más como masculina. Esto provocó continuas reprimendas y discriminaciones por parte de mi entorno: “eres una chicazo, una marimacho, una niña no se comporta como tal, qué mala eres”

 Yo no sabía explicarles que no lo hacía para molestar, me salía natural. Por supuesto, me vestían con faldas y vestidos, como a cualquier otra niña. Cuando tenía ocho o nueve años, estando de vacaciones en el pueblo, mi tía Vale me compró mis primeros pantalones: unos short azul marino de punto. No pude ser más feliz en ese momento, hasta me decían lo guapa que estaba con ellos.

A partir de ese día me compraron algún pantalón más, de chica. Con catorce años le insistía a mi madre para que me comprara unos vaqueros. La respuesta siempre era la misma: “no, son de chico”. Ahorré dinero y me compré mis primeros vaqueros Lois. Meses después, una chamarra vaquera y unas botas camperas. Parecía que iba con uniforme, no me los quitaba. Sin duda, me gustaba más que la otra ropa femenina del armario.

Con dieciséis años, ingresé durante un mes en el hospital para que los médicos me estudiasen. Eso implicaba exposiciones en la cama, desnuda, con las piernas flexionadas y abiertas, con un grupo de endocrinos y estudiantes, mirando y hurgando. Me sentía de todo, menos persona. El ginecólogo, tras una desagradable exploración rectal, decidió que había que hacerme una laparoscopia para ver qué eran esos dos bultitos intra-abdominales por encima del pubis, aprovechando para comprobar si había más órganos no detectados. Durante esa intervención, además de las tres incisiones para la laparoscopia, realizó otras dos incisiones (a derecha e izquierda paralelas a las ingles) y arrancó, sin pedir permiso a mis padres, todo lo que quiso. La excusa que se me dio era, que podrían convertirse en cáncer y era mejor hacerlo “para prevenir”. En ese quirófano, se me castró. Nadie tenía derecho a hacerlo. Ni por la ciencia ni por cualquier otra excusa. Incluso, aunque lo hubieran autorizado mis padres, que también fueron ignorados. El diagnóstico fue: Síndrome de Morris, feminización testicular, genotipo XXY, pseudohermafroditismo, estéril. Debía tomar, de por vida, progesterona en ciclos de veintiún días con siete de descanso.

Religión, cisheteropatriarcado, coitocentrismo. Todo apuntaba a que tenía que escoger una sola dirección en ese callejón oscuro al que me avocaban: tener novio, casarme y ser una buena esposa. Aumentan mis problemas. Me gustan algunos chicos, también algunas chicas. Como para contarlo. No lo comenté con nadie: ya soy rara per se y encima tortillera. Con el tiempo me enamoro de un chico. Bien, no pasa nada, encajo un poco más dentro de su “normalidad”. Practicamos sexo cómo adolescentes: tenemos imaginación, desinhibición, sin tabús, con nuestros juegos, los dos quedamos satisfechos. Pero yo, cansada de pegarme cabezazos contra el mismo muro, acabo aceptando su discurso, no me siento una mujer completa como las demás.  Entonces decido someterme a una vaginoplástia.

Con dieciocho años, me pongo de nuevo en manos del ginecólogo carnicero, pensando que era la única opción cerca de mi contexto. La operación es fallida, el injerto de piel cogido del muslo izquierdo no prende y la zona dadora no cicatriza. Tras seis meses de hospitalización me da la patada, me echa y me dice que no vuelva: soy una chincheta en su zapato. Él, como catedrático y jefe de servicio del Hospital, no lo acepta y decide hacer borrón y cuenta nueva.

Me veía mal, muy mal, tenía que llevar las veinticuatro horas una prótesis rígida, introducida en lo que iba a ser una vagina. Los médicos a los que acudía me negaban la atención. Un año después, otro equipo médico aceptó tratarme en un hospital de Madrid, a quinientos kilómetros de mi casa. Tras dos nuevas intervenciones y confirmar el genotipo XXY, decidieron que no siguiera hormonándome con la progesterona. La salud en orden y vuelta a la vida cotidiana, dentro de lo socialmente correcto.

Ya en el siglo XXI, un endocrino al que acudí por mi obesidad me propuso hacer un nuevo genotipo. La genetista escribió en el informe: XY, hombre normal. Un dato nuevo que no se correspondía con las pruebas que me habían hecho anteriormente, en realidad mi genotipo no era XXY. Desde entonces la palabra “normal” no me gusta, por excluyente.  Ahora utilizo común, habitual, usual, natural, sano, etc. He necesitado más de la mitad de mi vida para aceptar que mi naturalidad, debo de sentirla dentro. La que me había auto-impuesto pensando que así me integraba mejor con la mayoría endosex (personas no intersex) no consigue hacerme feliz.  

Llevo casi dos décadas con terapias de auto-conocimiento (yo digo auto-reconocimiento) estoy consiguiendo transformar el callejón, en una calle amplia, la estoy urbanizando a mi gusto, empadrono a los vecinxs con los que me apetece compartir. Es una calle abierta que, como única condición, pide el respeto mutuo. Si no es así, la puedes atravesar, pero no quedarte. Durante las sesiones de terapia he ido aprendiendo: con mi Maestro, que soy persona humana, con la Biodanza he podido aceptar mi corporalidad como sana, deseable, dadora y receptora de cariño. Cada terapeuta ha contribuido a ensancharla y a arreglar los baches y los desperfectos por el uso y los abusos. Elías (en especial) con su constancia y saber llevarme, hace de encargado de obras. Como no están rematadas, ahí seguimos, mano a mano. En definitiva, me he dado cuenta de que todas y cada una de las personas con las que me he encontrado en mi calle me han aportado. Algunas arena y otras cal, pero todo ha sido necesario para reconstruirme.

Hoy me vivo como Ananda, el ave fénix surgido de las cenizas de Mª Luisa. Me describo como una persona humana, no binarie de género fluido, me gustaría que se usara el pronombre elle, al referirse a mí. A partir de mi castración, con el tiempo, los niveles hormonales sexuales se equilibraron, ninguno prevalece aparentemente, y actúan en mi cuerpo y en mi mente de forma aleatoria, sin ningún control voluntario por mi parte. He tenido tanta represión con mi masculinidad que, de forma contrafóbica, he llegado a auto-boicotear cualquier expresión de género “feminizante” que nacía en mí. Últimamente las dejo convivir e intento disfrutar con ellas.  Asimismo, hasta que cumplí cincuenta y nueve años, había pensado operarme para quitarme las mamas (ginecomastia), pero he decidido no hacerlo. Con esto quería conseguir que dejen de tratarme como mujer. Estoy orgullose de haber recapacitado y no volver a auto agredirme. Nací perfecte para ser yo. Estoy empezando a amarme por lo que soy y lo que siento. Tengo el convencimiento que nadie se merece que yo me mutile para que me ame. Si no me aceptas tal cual, cruza mi calle y vete.

Mientras pensaba y escribía este artículo han aparecido palabras importantes que tenía aparcadas como, otredad, que es la capacidad de reconocer al otrx como un ser humano diferente, que no forma parte de la comunidad propia. Reconociendo la existencia, desde la diversidad, del otro como individux únicx, la propia persona, asume su identidad.

Disforia de género, se presenta cuando una persona siente que el género con el que nació, su identidad de género, su expresión de género le llevan a la inconformidad, aflicción. Todo desde un marco socio-político binario que para mantener su hegemonía, tiende a patologizar cualquier diversidad.  Nací “niño”, se me impuso una identidad y crianza de “niña”. Durante la adolescencia me castran, me hormonan para seguir feminizándome, consiguen que acepte que debo no salirme del tiesto de la cisheteronormatividad hasta el punto de autoimponerme, desde la culpabilidad, una vaginoplástia. Mi ginecomastia la he vivido, siempre como algo malo para mí, pensando continuamente en hacerme una mastectomía radical. En las consultas con los médicos, ninguno, me ha propuesto nada que no fuera hacia la feminización. Siempre me he sentido rare, conflictive, rebelde, llene de ira que yo achacaba a la maldad que continuamente me hacían creer que tenía, ante cualquier intento de ser consecuente e intentar unificar mi expresión de género y mi género sentido. Hasta hace poco mi mayor enemigue era yo, enredada en una intersexfobia interiorizada, anuladora del respeto que me debo.

Desde el principio de los tiempos vivimos aceptando como norma cualquier culturización emitida desde las élites, en el nombre de Dios, la Ley, la Ciencia, el Bien Común, llegando a normalizar las conquistas bélicas, de cualquier imperio en la historia, como orgullo patrio. Las limpiezas étnicas, religiosas, políticas, sociales, como avances. En todo esto lo importante es estar al lado de la mayoría, aceptando los daños colaterales como desgraciadamente necesarios. Un escritor sudamericano, no recuerdo cual, dijo, “la democracia es la dictadura de las mayorías sobre las minorías”. Desde una de esas minorías no olvidéis que debería protegerme, el derecho natural y las libertades individuales.

Lo aquí expuesto es mi pensamiento, mi verdad. Las personas intersex somos tan diversas como las endosex. Por supuesto consideraré cualquier otra opinión expresada desde el respeto.

Definiciones:

(1) Identidad de género: hace referencia a la percepción subjetiva que cada persona tiene sobre sí misma en cuanto a su propio género, que puede –o no– coincidir con su fenotipo a niveles físicos, psíquicos.

 (2) Expresión de género: es la forma en que manifestamos nuestro género mediante nuestro comportamiento y nuestra apariencia. Puede ser, masculina, femenina, andrógina, no binarie, etc.

(3) Orientación sexual: es una atracción emocional, romántica, sexual o afectiva mantenida en el tiempo, hacia lxs otrxs.

(4) Disforia de género: se presenta cuando una persona se siente muy inconforme y afligida acerca del género que le asignaron al nacer, el utilizan como opción de crianza, debido a que no coincide con su identidad de género. Su antónimo es la euforia de género.

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